Su figura comenzó a desvanecerse entre el fuego

 Un pastor pentecostal se apareció ante un pastor bautista. Su figura estaba rodeada de fuego vivo, y su rostro mostraba un sufrimiento que no podía ocultarse. El bautista, temblando, le preguntó:

—Hermano, ¿quién eres y por qué te veo en este estado?

El aparecido respondió con voz quebrada:

—Fui pastor como tú. Prediqué, guié comunidades, hablé de Cristo ante multitudes. Muchos me admiraban. Pero ahora estoy en el lugar de castigo. No he venido a traer doctrina ni mensajes aprendidos. Vengo a describir lo que yo mismo padezco.

El bautista, sobrecogido, preguntó:

—¿Por qué estás allí?

El pastor respondió:

—Porque usé el nombre del Señor para mi propia honra. Hablé de Él, pero no viví según su mandato. Exigí a otros lo que no cumplí. Convertí el púlpito en escenario. Alimenté mi orgullo y descuidé la humildad. Ahora recibo el pago de mis obras.

Luego extendió sus manos, como mostrando cadenas invisibles.

—Aquí cada palabra falsa pesa como hierro. Cada alma engañada se vuelve acusadora. Cada vez que desvié a alguien por vanidad regresa como reproche. El fuego que me rodea no consume, pero hiere sin descanso. El tiempo no avanza hacia alivio. No existe pausa. No existe olvido.

El bautista cayó de rodillas y preguntó:

—¿Vienes a advertirme?

El pastor respondió:

—No traigo mensaje ajeno. No repito palabras atribuidas al Señor. Hablo de lo que vivo. Vine para que recuerdes que guiar almas no es oficio común. Cada enseñanza, cada consejo, cada interpretación será examinada. Quien toma ese deber sin fidelidad, carga riesgo grave.

Su figura comenzó a desvanecerse entre el fuego.

—Cuida tu rebaño —dijo—. Cuida tu propia alma primero. No predicas para aplauso humano. No uses el altar para tu nombre. Yo aprendí tarde. Tú aún caminas.

Y desapareció.

El bautista permaneció largo rato en silencio, comprendiendo que aquel encuentro no fue sueño, y que su camino requería temor reverente y rectitud firme.

Comentarios