Nadal servía como clérigo al obispo de Arlés y llevaba la administración de ciertos gastos.
El arcediano revisaba cada cuenta con rigor. Nada escapaba a su mirada. Esta vigilancia, justa en sí misma, despertó en Nadal un temor constante a ser descubierto en falta.
Con el tiempo, cayó en una mala costumbre. Tomó pequeñas sumas para sí, convencido de que podría reponerlas después. Pero el dinero no regresó a su lugar y la inquietud creció en su interior. Cada revisión de cuentas era para él un tormento. En vez de confesar y aceptar la corrección, dejó que el miedo dominara su juicio.
Una noche, agotado por la angustia, cometió una imprudencia grave. Invocó al demonio y le pidió que ordenara las cuentas para que su falta no fuera vista por el obispo. Quedó hecho un pacto vergonzoso, nacido no de odio a Dios, sino de cobardía.
Poco después, al regresar con los registros, tuvo que cruzar un río crecido. El agua corría con fuerza. Al pisar una piedra resbaló y cayó. La corriente lo arrastró. En ese instante, viendo la muerte cerca, comprendió su error. Desde el agua helada gritó en su corazón pidiendo perdón a Dios por haber buscado ayuda indebida. Renunció al pacto con lágrimas y arrepentimiento. En ese mismo momento, aquel acuerdo quedó roto. Pero su cuerpo ya no pudo salvarse, y las aguas cerraron su paso por este mundo.
Días después, las cuentas llegaron al obispo. Estaban perfectamente ordenadas. Todos creyeron que Nadal había sido fiel y que su alma gozaba de descanso. Nadie imaginaba la lucha de su conciencia ni su final.
Una noche, Nadal se apareció al obispo. Su rostro mostraba pena, pero también humildad. El obispo dijo al verlo:
«¿Tan pronto habéis vuelto?»
Nadal respondió:
«Señor, he muerto. No estoy donde muchos piensan. Me encuentro en el purgatorio y vengo a pediros ayuda».
Contó entonces todo: el dinero tomado, el miedo a la reprensión, el pacto imprudente y cómo, al caer al río, pidió perdón a Dios y rechazó al enemigo. Por eso no estaba perdido, pero debía purificarse por su falta y por no haber confiado en la misericordia divina mientras vivía.
El obispo vio que Nadal llevaba algo entre sus manos y preguntó:
«¿Qué cosa tan hermosa traes contigo?»
Nadal contestó:
«Es la esperanza de salvación por vuestra intercesión. Pero pesa sobre mí como una gran torre, porque mi culpa nació del temor y de mi poca confianza».
El obispo celebró misas por su alma y pidió oraciones. Tiempo después, Nadal volvió a aparecer, ya en paz, agradeciendo la ayuda recibida.
Así quedó la enseñanza: quien cae por miedo humano puede levantarse por arrepentimiento sincero, y nunca debe buscar auxilio donde no corresponde, porque sólo Dios sostiene al hombre en la hora decisiva.

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