Marco Bruto se hallaba en Asia, planeando acciones contra sus enemigos. Una noche permanecía solo en su aposento, meditando con inquietud. De pronto percibió una presencia. Ante él apareció una figura espantosa, de gesto cruel.
Bruto preguntó con valentía qué era aquello. La voz respondió que era un espíritu maligno y que volverían a encontrarse en Filipos.
Bruto no tembló. Hizo la señal de la cruz, que había aprendido de cristianos perseguidos en Roma, aunque aún no comprendía su poder. En ese instante la figura se estremeció y retrocedió.
Entonces Bruto oyó otra presencia, suave y firme: un ángel de la guarda enviado por el Altísimo, que le advirtió que no confiara en ambición ni en venganza. Bruto desoyó el aviso. Más tarde, en Filipos, cayó derrotado. Pero antes de morir, recordó al ángel y pidió misericordia. Un sacerdote cristiano escondido en el campamento escuchó su confesión final. Bruto murió en paz y su alma fue acogida por Dios. El espíritu maligno quedó burlado.

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