Los discípulos vieron el pan en sus formas sensibles —carne y sabor


Los discípulos vieron el pan en sus formas sensibles —carne y sabor— y el vino en la copa, y al recibirlos percibieron el gusto y el olor del pan y del vino. Sin embargo, no dudaron en lo más mínimo de que aquel pan bendito que el Señor Jesús les ofrecía ya no era pan, sino el santísimo cuerpo de Jesús, ni de que el vino en la copa no era ya vino, sino la sangre bendita de Jesús.

No podían dudar, porque en esa hora santa el Salvador les habló como a Sus enviados, a quienes había confiado la misión de proclamar a todos los pueblos de la tierra lo que Él acababa de hacer. A los enviados se les dan órdenes precisas e inequívocas. Les habló como Maestro.

El Maestro anuncia: “Este es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre”, y no “esto será mi cuerpo” o “esto significa mi cuerpo”. Las palabras del Salvador son claras y determinantes: “Haced esto en memoria mía”. Todo mandato que deba tener valor eterno debe expresarse con claridad.

En ese momento memorable, el Salvador instituyó un pacto, un testamento (cf. Mateo 26,28; Lucas 22,20). Los pactos y testamentos requieren siempre expresiones claras y determinadas. Los apóstoles, por tanto, estaban obligados a entender las palabras de Jesús —“este es mi cuerpo”, “esta es mi sangre”— en sentido literal, y a creer sin la menor duda que la esencia del pan se había transformado en Su cuerpo y la del vino en Su sangre, mientras que las apariencias externas —forma, color, sabor y olor— permanecían intactas.

Bajo estas apariencias, el divino Salvador les ofrecía Su carne y Su sangre para consumo. No podían dudar sin pecar, pues ya le habían reconocido solemnemente como Hijo de Dios. Lo habían visto multiplicar panes milagrosamente y transformar agua en vino en las bodas de Caná; ¿cómo podrían dudar de Su poder para convertir el pan en Su cuerpo y el vino en Su sangre?

Cuando partió el pan y repartió un trozo a cada uno, y ofreció la copa de vino consagrado, los apóstoles no podían comprender cómo el Salvador se daba enteramente a cada uno en carne y sangre, con Su cuerpo, Su sangre y Su alma. Pero, puesto que Cristo no manda lo imposible, con el mandato les otorgó también la facultad para cumplirlo.

Esta potestad no era solo de los apóstoles, sino también de sus sucesores, los obispos, y de los sacerdotes debidamente ordenados. Así, cada creyente que se acerca dignamente a Su santo altar puede recibirlo. La autoridad de los apóstoles se mantiene hasta el fin del mundo, y Cristo, al instituir Su Iglesia, dejó en ella todos Sus sacramentos, incluido el Santísimo Sacramento del altar.

Como enseña San Pablo (1 Corintios 11,26), al distribuir el pan consagrado dice claramente: “Este es mi cuerpo”, y al dar la copa: “Esta es mi sangre”. Estas palabras precisas fundamentan la fe de los apóstoles de que bajo las formas del pan y del vino se encuentra realmente el cuerpo y la sangre de Jesús, y que así se anuncia la muerte del Señor hasta Su regreso en el juicio final.

Los sacerdotes repiten estas palabras en la Misa, no en su propio nombre, sino en la persona de Cristo: “Esto es mi cuerpo”, “Esto es la copa de mi sangre”. La fuerza de la transformación no reside en el sacerdote, sino en las palabras del Salvador, que Él pronunció primero y mediante las cuales se realiza la consagración.

Los apóstoles, llenos de amor y admiración por su Maestro, escucharon de Sus labios el encargo de repetir lo mismo, de manera que todo creyente pudiera participar de Su carne y Su sangre, reconociendo el poder de Cristo que opera en la Eucaristía.


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