Y aun así permaneces. Porque tu fe no ha sido vencida

Llegas a Japón con el deseo de llevar la fe a quienes no la conocen en el año mil seiscientos. No pasa mucho tiempo antes de que te apresen. Te conducen a Suzuta, y al cruzar la pequeña puerta comprendes que has entrado en un lugar hecho para quebrar el cuerpo.

La prisión es estrecha como una jaula. Las vigas están tan juntas que apenas dejan espacio para el aire. El suelo es duro, de tablas clavadas sobre maderos. La puerta es baja, siempre cerrada con llave. Cerca de ella hay un pequeño hueco por donde te pasan la escudilla con la comida. Alrededor, una doble empalizada de estacas puntiagudas y espinos impide cualquier contacto con el exterior. No puedes recibir ayuda ni provisión alguna.

Dentro compartes el encierro con otros confesores de la fe. Apenas hay sitio para moverse. Los guardias rondan sin descanso, vigilando cada gesto. No te permiten cuchillos ni tijeras. La barba y el cabello crecen sin control. La ropa no puede lavarse ni secarse al aire. El cuerpo empieza a resentirse.

Cada día recibes solo dos escudillas: arroz cocido en agua y unas hierbas mal preparadas, a veces un nabo crudo o dos sardinas pequeñas. Bebes agua para calmar la sed. El hambre se vuelve compañera constante.

Todas las necesidades deben hacerse dentro del encierro. El aire se vuelve pesado. El descanso es escaso. En las noches, el frío muerde la piel. Luego llegan lluvias, tormentas y nieve. No tienes abrigo suficiente. Ofreces el sufrimiento al Señor, porque nada más te queda.

Pasan los años. Ves enfermar a tus hermanos. Algunos pierden la voz. Otros apenas pueden moverse. Un día, uno de ellos comienza a vomitar sangre. Su cuerpo se enfría lentamente. Cerca de la medianoche deja de respirar. Lo miras y parece todavía vivo por el calor que conserva. Comprendes entonces que también tu camino puede terminar allí.

Y aun así permaneces. Porque tu fe no ha sido vencida.

Desde esta prisión estrecha, donde el cuerpo se debilita y los sentidos se fatigan, comprendes que tu sufrimiento no es estéril. Cada día ofrecido, cada hambre soportada, cada noche sin descanso, queda sembrado en esta tierra que hoy te rechaza. Aunque no lo veas, esas semillas quedan ocultas en el corazón del pueblo, esperando el tiempo dispuesto por Dios para germinar.

Este pueblo sufre porque no reconoce todavía a Aquel que trae la salvación. Teme lo que no conoce y combate lo que no comprende. Pero tú sabes que en la presencia de Jesucristo todo encuentra sentido: el dolor, la espera, la entrega de la vida. Nada se pierde de lo que se ofrece por amor a Él.

Los muros de la prisión no detienen la verdad. Los tormentos no destruyen la gracia. La sangre de los confesores cae sobre esta tierra y la prepara, como lluvia silenciosa, para una cosecha futura. Otros vendrán después, otros escucharán, otros creerán.

Y cuando tu hora llegue, sabrás que no has vivido en vano. Porque la santidad triunfa incluso en la persecución, y la fe que hoy parece sofocada quedará viva, multiplicada en almas que aún no conoces.


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