un solo Dios verdadero

 

La divinidad no se diferencia en nada del Padre ni del Espíritu Santo en cuanto a esencia, aunque sí hay distinción de personas. No creas, hermano mío, que el Hijo de Dios comenzó a existir al ser concebido en el vientre de la Virgen María, nuestra Señora y Madre; porque Él existía desde antes de toda eternidad, siempre fue, y no tuvo principio de tiempo, ni nacimiento, ni generación según su divinidad.

Desde que hubo Padre, hubo Hijo y hubo Espíritu Santo; y el Padre no fue primero que el Hijo por orden de tiempo, sino que el Hijo fue engendrado eternamente por el Padre, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como un solo principio, sin que haya antes o después. La persona del Espíritu Santo es el amor con que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre. Así, el Hijo no es más joven que el Padre, ni el Padre más viejo que el Hijo, ni el Espíritu Santo menos antiguo o menos eterno; las tres personas son eternas, sin principio ni fin de tiempo.

Así como, al haber sol, hay simultáneamente tres cosas en él —la sustancia del sol, la luz del sol y el calor del sol— y todas son un mismo sol, aunque distintas entre sí, así en la Trinidad hay tres personas distintas realmente entre sí, pero un solo Dios verdadero. Ninguna persona es otra: el Hijo no es el Padre, ni el Padre es el Hijo, ni el Espíritu Santo es la persona del Padre o del Hijo. Todas son divinas y un solo Dios.

De la misma manera que la luz y el calor del sol no son anteriores ni posteriores a la sustancia del sol, así el Hijo, que procede del Padre, y el Espíritu Santo, que es el fuego de amor que procede de ambos, son eternos y coeternos con el Padre.

Ahora bien, dirás, hermano mío: si confesamos que el Hijo de Dios nació de la Virgen, ¿cómo pudo existir antes de su nacimiento sin haber sido creado por el Padre? La respuesta es que su nacimiento en Belén no afectó su eternidad: aunque se hizo niño para nosotros, como todos los demás, Él existía eternamente antes, sin principio ni fin.

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