Imagínate que llegas a Japón como un simple cristiano. No tienes rango ni hábito religioso, solo una fe firme y un deseo ardiente de servir.
La persecución se extiende por las ciudades y los campos. Cada jornada puede ser la última, y aun así caminas sin vacilar. Has aprendido a llevar mensajes durante la noche, a buscar a los fieles escondidos, a sostener con tu presencia a quienes tiemblan. No posees bienes, no buscas recompensa. Tu mayor honra es servir a Cristo entre peligros.
Desde joven consagraste tu vida a esta misión. La oración acompaña cada paso, y tu corazón se mantiene sereno aun cuando sabes que los caminos están vigilados. Los responsables de la comunidad confían en ti. Antes de cada salida te preguntan con preocupación:
—Si te apresan, ¿serás capaz de guardar silencio?
Y tú respondes siempre con paz:
—Mi cuerpo puede ser quebrantado, pero mi voluntad no será vencida. No entregaré a ninguno de los servidores del Señor.
Una noche sales como tantas otras. El viento sopla frío y las calles están desiertas. De pronto, manos violentas te rodean. Has caído en la emboscada preparada para capturar a quienes ayudan a los creyentes. Te registran y hallan entre tus ropas la señal de tu servicio. Te atan con fuerza y te conducen ante el tribunal.
Comienzan los golpes. Sientes el dolor recorrer cada hueso, pero tu espíritu se mantiene firme. No sale queja de tu boca. Entonces te tienden en tierra y fuerzan un embudo en tu garganta. El agua invade tu cuerpo hasta hacerlo estallar de presión. Rodillas pesadas aplastan tu vientre y el agua sale con violencia. Repiten la tortura una y otra vez. El sufrimiento es extremo, pero dentro de ti nace una alegría silenciosa: sabes que cada tormento une tu destino al de Cristo.
Cuando los verdugos se cansan, te prometen descanso si revelas nombres y refugios. Tú los miras con calma y dices:
—Puedo deciros el nombre de quien abandonó la fe y causó escándalo entre los fieles. A los justos no los nombraré jamás.
Al oír esto, la furia se apodera de ellos. Ordenan nuevos tormentos. Metal ardiente recorre tu espalda, golpes sacuden tu cuerpo, y tus dientes aprietan tanto que hieren tu lengua. La sangre corre, pero en tu interior hay paz. Sabes que cada instante te acerca a la presencia del Señor. No sientes derrota; sientes gratitud por haber sido considerado digno de sufrir por Él.
Deciden dejarte con vida para continuar al día siguiente y preparar una ejecución pública. Te arrojan al suelo, atado y exhausto. El dolor es grande, pero tu corazón se eleva en oración. En silencio ofreces tu vida, no con tristeza, sino con gozo profundo. Has servido hasta el final. Nada queda por entregar.
Antes de que amanezca, tu espíritu se separa del cuerpo y va a Dios.
Al hallarte sin vida, los verdugos llevan tu cuerpo al lugar de las ejecuciones. Cortan tu cabeza y la colocan en una pica. Bajo ella ponen un cartel que declara tu condena por ser cristiano y por conocer a los servidores de la Iglesia. Creen haber vencido. Pero otros creyentes, ocultos entre la multitud, miran con lágrimas y orgullo. Saben que tu muerte no es derrota, sino triunfo.
Tu cuerpo es arrojado al mar. Sin embargo, los fieles logran recuperarlo y lo guardan con respeto. Allí, en secreto, agradecen a Dios por tu ejemplo. Tu nombre se pronuncia en sus oraciones. Tu historia fortalece a los débiles y anima a los temerosos.
Porque quien entrega la vida por Cristo no muere con temor, sino con alegría. Y tu sacrificio queda sembrado en esta tierra perseguida como semilla de fe inquebrantable.

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