El amor prohibido que casi condena un alma

 

 El hermano Godofredo, monje en Colonia, contó que sucedió en la ciudad de Reims.

 Un soldado, enfermo hasta la muerte, mantenía como concubina a la hija de su tío y no podía separarse de ella, ni por advertencias, ni por excomunión, ni por respeto humano.

Temiendo la muerte, llamó a un sacerdote y confesó con lágrimas todos sus pecados, pero se negó a romper la relación ilícita. 

El sacerdote le advirtió que si moría con esa voluntad, perdería el gozo celestial y sufriría tormentos eternos.

 Al persistir el soldado, el sacerdote se retiró llevando el Cuerpo del Señor. Entonces se le apareció san Bernardo, abad de Claraval, quien le ordenó regresar con el enfermo.

Guiado por las palabras del santo, el soldado finalmente experimentó un cambio total de voluntad: llegó a aborrecer aquello que antes amaba ilícitamente. 

Recibió la comunión y, con buena confesión y contrición verdadera, murió reconciliado con Dios.

—Me sorprende si alcanzó esta contrición por el dolor o por recibir el Cuerpo del Señor —preguntó el novicio.

—Cristo entra en el sacramento solo si su gracia precede —respondió el monje—. 

Gracias a la oración del santo, su gracia iluminó el corazón del soldado y volvió fecundo un dolor que por sí solo habría sido estéril.

El novicio comentó que la presencia de los justos es muy necesaria para los moribundos, y el monje agregó que san Gregorio muestra lo mismo en la historia de un joven que escapó del dragón gracias a la oración de los hermanos. La contrición final de este hombre fue tan verdadera que le mereció no solo el perdón de los pecados, sino también la gloria de los milagros.

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