mantén disciplina firme, prolonga tu ayuno

 

Entre los Padres del desierto de Egipto se encontraba San Macario. Vivía solo como ermitaño en una zona seca y despoblada. 

Su celda era de barro, sin adornos, con una cama de hoja de palma para dormir y una vasija de agua. Pasaba los días en oración, trabajo manual y silencio. A cierta distancia existía otro desierto donde muchos monjes vivían en comunidad siguiendo una regla de vida estricta.

Desde su celda, Macario podía ver el camino que llevaba a aquel lugar. Un día observó que una figura se acercaba. Tenía apariencia de hombre, vestía una túnica de lino muy gastada y llena de agujeros. De cada agujero colgaba un pequeño frasco de vidrio atado con hilo. Al caminar, los frascos se movían y chocaban suavemente entre sí.

Macario preguntó:

—¿A dónde vas?

La figura respondió:

—Voy a presentarme ante los hermanos del otro desierto.

—¿Qué llevas en esos frascos? —insistió el anciano.

La figura contestó:

—En cada frasco guardo una clase distinta de tentación: distracción en la oración, orgullo, impaciencia, deseos indebidos, pereza. Si un hermano rechaza una, le ofrezco otra. Siempre alguna termina siendo aceptada.

Después de decir esto, siguió su camino. Macario permaneció atento hasta que, pasado un tiempo, la figura regresó. Esta vez su semblante era de disgusto.

—Bienvenido de vuelta —dijo Macario.

—No hay motivo para que me des la bienvenida —respondió la figura.

—¿Qué ocurrió?

—Los hermanos permanecen firmes. No escuchan mis sugerencias. Solo uno solía hacerlo.

—¿Quién?

—Un monje llamado Theotisto. Pero ahora, apenas me percibe, se aparta y no me permite acercarme.

Tras esto, la figura se alejó. Macario decidió entonces visitar a los monjes. Cuando llegó, lo recibieron con respeto y prepararon sus celdas para acogerlo. El anciano preguntó por Theoctisto y fue a su celda.

Theoctisto lo recibió con alegría. Al quedar a solas, Macario preguntó:

—¿Cómo llevas tu vida monástica?

—Gracias a tus oraciones, bien —respondió el hermano.

—¿Te llegan pensamientos que perturban tu recogimiento?

Theoctisto bajó la mirada.

—Sí, padre, a veces me asaltan.

Macario habló entonces desde su experiencia:

—A mí también me ocurre, incluso después de muchos años. Por eso escucha este consejo: mantén disciplina firme, prolonga tu ayuno, ocupa tu mente en la Escritura y en el trabajo. Cuando aparezca un pensamiento indebido, no converses con él; dirígelo de inmediato a Dios y continúa tu labor.

Theoctisto aceptó el consejo con gratitud. Macario regresó a su celda en el desierto solitario.

En el camino volvió a encontrarse con la misma figura.

—¿Cómo están ahora los hermanos? —preguntó el anciano.

La figura respondió con molestia:

—Ahora todos están aún más atentos. Y el que antes me escuchaba se ha vuelto el más firme de todos. Ya no puedo hacer nada allí.

Después de decir esto, se marchó. Macario volvió a su celda y continuó su vida de oración, agradeciendo haber podido ayudar a un hermano a mantenerse en el camino correcto.

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