El pacto del embaucador y la advertencia del presbítero

 

En una plaza concurrida había al comienzo un hombre miserable, sin oficio ni sustento, que pedía limosna sin conseguir apenas nada.

 Desesperado por su pobreza y herido en su orgullo, se lamentaba de que nadie lo mirara ni lo ayudara. Una noche, cuando su ánimo estaba abatido, se le apareció un demonio y le propuso un trato: si aceptaba el pacto, obtendría la habilidad de realizar prodigios ante los ojos del pueblo y así ganar dinero y fama. El hombre aceptó sin medir las consecuencias.

Desde entonces comenzó a mostrarse en la plaza, aparentando atravesarse con armas sin recibir herida alguna. La multitud quedaba asombrada; unos lo admiraban, otros murmuraban que poseía un poder oculto. Las monedas empezaron a caer a sus pies, y con ellas creció su vanidad, creyéndose superior a los demás.

Un día pasó por la plaza un presbítero. Mientras observaba la escena, vio con claridad lo que los demás no percibían: detrás del embaucador estaba el demonio, sosteniéndolo y alimentando su engaño. Con firmeza y caridad, el sacerdote alzó la voz y advirtió al hombre que aquellos actos no provenían de Dios ni llevaban al bien, que la soberbia era el lazo por el cual el maligno somete al alma.

Muchos se burlaron del presbítero, pero el embaucador, al escuchar la reprensión, sintió un peso en el corazón. Comprendió que su aparente éxito era una cadena. Rompió públicamente el engaño, rechazó el pacto y se retiró avergonzado. Al hacerlo, el demonio se apartó, y el hombre, aunque volvió a la pobreza, halló un sosiego interior que nunca había conocido.

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