vi el destino de los empleados corruptos

Caminaba el sacerdote en silencio después de completas, cuando un viento helado detuvo sus pasos y el aire se volvió pesado. Frente a él apareció un hombre vestido con ropas de juez, ricas pero manchadas como por humo antiguo. Su rostro estaba pálido, sus ojos hundidos, y de su garganta salía un gemido que no parecía humano.

El sacerdote, aunque tembló, hizo la señal de la cruz y preguntó quién era. El aparecido respondió con voz rota que en vida había sido juez respetado, temido por los pobres y halagado por los poderosos. Dictaba sentencias por dinero, vendía justicia por favores y buscaba su propia gloria. Nadie osaba enfrentarlo y él creía haber triunfado en todo.

Entonces el juez levantó sus manos, y el sacerdote vio que estaban desgarradas como por picos invisibles. El aparecido habló:

“En mis gargantas hay gritos de dolor porque me deleité en mi propia alabanza. Demonios insaciables me hieren sin cesar. Quedo lacerado y jamás consumido. Vivo en tormento sin término. Mi duelo no acaba, mi desgracia no se atenúa. Hubiera sido mejor no haber nacido que haber prolongado una vida de soberbia.”

Cayó de rodillas y continuó:

“También vi el destino de los empleados corruptos. Su castigo es como acero afilado que atraviesa carne gruesa. Así es la muerte infernal que alcanza a quienes desprecian los mandamientos y aman sus deseos egoístas.”

El sacerdote, sobrecogido, le preguntó por qué se le mostraba. El juez respondió:

“Para que adviertas a los vivos. Diles que no vendan la justicia, que no cambien la verdad por oro, que no se gloríen en sí mismos. Mi sentencia es testimonio.”

Después de estas palabras, el viento volvió a soplar. La figura se deshizo como ceniza arrastrada por el aire. El sacerdote quedó solo en el camino, con el corazón oprimido, y desde aquel día predicó con mayor firmeza contra la corrupción de los jueces, recordando a todos que ninguna dignidad terrena libra del juicio que aguarda más allá de esta vida.

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