La victoria terrena dura poco; la espiritual del justo es eterna.
Por eso, quienes parecen victoriosos según el mundo, muchas veces son vencidos; y quienes parecen derrotados, esos son los que realmente triunfan.
El ejemplo de Sansón
Tres mil hombres llevaron preso y atado a Sansón, celebrando la victoria con gritos.
Pero Dios rompió los hierros que lo sujetaban y puso a su ángel a su lado. Sansón tomó una simple quijada que encontró a sus pies y con ella mató a mil filisteos.
¿Por qué Dios permitió que Sansón usara un arma tan débil?
San Basilio de Seleucia explica dos razones:
1. Para mostrar que quien es ayudado por Dios no necesita armas brillantes ni poderosas.
2. Para enseñar que Dios mismo pelea por su causa, y basta su voluntad para dar la victoria.
Sansón se alegró tanto de su triunfo que atribuyó la victoria a su brazo y a la quijada.
Dios, para corregirlo, permitió que le viniera una sed mortal. Sansón clamó:
“¡Ay de mí, que muero de sed!”
Y reconoció que sin Dios no habría vencido.
Cuando confesó:
“Tú, Señor, has dado esta gran victoria”,
Dios le concedió alivio.
San Ambrosio comenta:
“Dios muestra que no hacen falta armas cuando Él ayuda.”
4. El ejemplo de David y Saúl
David no quiso pelear con las armas de Saúl porque temía confiar en ellas.
Dios le dijo interiormente que esas armas soberbias le harían perder la fuerza.
Por eso David confesó que la victoria no venía de la espada, sino del Señor de los ejércitos.
Tertuliano añade que los ángeles son ministros de las victorias de Dios

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