El hermano de uno de los monjes llegó al monasterio en estado de embriaguez y con el ánimo alterado. A grandes voces reclamaba que aquel joven era su única familia y exigía que se lo entregaran de inmediato, reprochándole haber abandonado su casa y sus obligaciones. Decía que no permitiría que permaneciera en el monasterio y que, quisiera o no, se lo llevaría con él.
Los monjes salieron entonces a su encuentro y defendieron al joven, que había ingresado hacía poco tiempo en la vida monástica. Con palabras firmes le dijeron que no se lo entregarían, porque él había ofrecido libremente su vida a Jesucristo y había elegido permanecer allí por propia voluntad. Le recordaron que nadie lo había forzado y que su decisión debía ser respetada.
El hombre, fuera de sí, respondió con insultos y amenazas. Al no conseguir lo que pretendía, se marchó lleno de ira, profiriendo palabras ofensivas contra los monjes y contra su propio hermano. Tomó caminos apartados y se internó solo por senderos solitarios, con el corazón encendido de resentimiento y la mente turbada por el vino.
Mientras avanzaba por aquellos parajes, se le apareció un hombre de rostro horrendo, aspecto deforme y feroz, con barba negra y vestiduras gastadas. Se le acercó como quien ofrece compañía y le preguntó por qué vagaba solo por lugares tan apartados. El hombre respondió que venía del monasterio, donde le habían negado a su propio hermano, y que caminaba sin rumbo, consumido por la cólera.
El extraño le habló con palabras astutas, fingiendo comprensión, y se ofreció a acompañarlo. Juntos avanzaron por senderos difíciles hasta llegar a un arroyo cuyo cauce ocultaba remolinos profundos y peligrosos. El acompañante le propuso cruzar con mayor facilidad, pidiéndole que se quitara los zapatos y subiera sobre sus hombros, alegando ser más fuerte y de mayor estatura.
El hombre aceptó y, rodeando el cuello del otro mientras este entraba en el agua, advirtió con espanto que los pies que tocaban el fondo no eran humanos, sino horribles y deformes. Un terror repentino lo sacudió por completo y, en medio de su angustia, invocó de inmediato la ayuda de Dios.
Al oír la invocación, aquella figura espantosa lanzó un gemido lastimero y huyó con tal violencia que chocó contra un roble cercano, quebrando sus ramas y arrancándolo de raíz. El hombre cayó al suelo y permaneció largo tiempo tendido, cubierto de golpes y magulladuras, sin fuerzas para levantarse.
Convencido de que había estado a punto de morir y profundamente estremecido por lo sucedido, pasó la noche entre lamentos y arrepentimiento. Al amanecer, ya sobrio y con el cuerpo maltrecho, tomó el camino de regreso al monasterio.
Al llegar, pidió ser recibido y, postrado ante los monjes, suplicó perdón por el escándalo que había causado, por sus insultos y por su vida desordenada. Abrazó a su hermano entre lágrimas y le pidió perdón por haber querido apartarlo de su vocación. Reconoció públicamente su culpa y prometió cambiar de vida.
Desde aquel día abandonó sus antiguos vicios y comenzó a vivir con sobriedad y rectitud. Frecuentó el monasterio con humildad, buscó consejo espiritual y se esforzó por reparar con obras los males cometidos. Con el paso del tiempo llevó una vida ejemplar, apartada del desorden y dedicada a las buenas obras, dando testimonio de una conversión sincera y perseverante.
Así se conservó su memoria como advertencia y ejemplo para muchos.

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