corazón de Jesús, un amor que ni la muerte pudo extinguir

 

Después de que el divino Redentor, en la cruz, hiciera su testamento y dejara a los que lo crucificaban sus vestiduras, a los pecadores el perdón, al ladrón el paraíso, a Juan su madre y a la Iglesia sus santísimas heridas, su cruz y el inmenso tesoro de su sangre y de sus méritos; y después de haber entregado ya su alma en manos del Padre celestial, permitió aún que su costado fuese abierto por la lanza de Longino, donde estaba oculto el más precioso de los tesoros: su dulcísimo corazón.

Este gran tesoro lo reservó para sus amigos más íntimos y amados, y de modo especial lo legó a aquellas almas pobres que sufren en el purgatorio, como su mayor consuelo, para que, aun después de muerto, continuara socorriendo a los difuntos.

Ni siquiera esto bastó a su amor divino: quiso que su corazón fuera abierto para ofrecer hasta la última gota de sangre en alivio y consuelo de esas almas afligidas. Leemos: “Un soldado abrió su costado con una lanza y al instante brotaron sangre y agua”, y como observa san Juan Crisóstomo, esto ocurrió para amparo y consuelo de las almas en purificación. Y san Pedro Crisólogo dice casi lo mismo, escribiendo: “De su costado manó agua para disponer el camino al paraíso, para apagar en parte el fuego santo del mundo inferior y para lavar el documento de la deuda y pagar la culpa antigua”.

De aquí podemos reconocer el amor sin medida del corazón de Jesús, un amor que ni la muerte pudo extinguir.

En el Evangelio de san Juan se lee que en Jerusalén había un estanque llamado Betesda, con cinco pórticos, donde yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y debilitados, como en un hospital público. De tiempo en tiempo descendía un ángel del Señor y agitaba el agua, y quien entraba primero quedaba curado de cualquier enfermedad.

¿De dónde provenía la fuerza curativa del agua de ese estanque, donde se lavaban los animales destinados al sacrificio? Algunos dicen que en ese lugar estaba oculto el madero del cual se hizo la cruz del Salvador, y que por su contacto el agua recibió tal poder. No sabemos cuánto hay de cierto en esto. El cartujo Ludolfo dice que el agua estaba siempre enrojecida por la sangre de los animales sacrificados, que llegaba por canales ocultos desde el templo.

San Antonio de Padua ve en este estanque una figura de la pasión de Cristo, y en los cinco pórticos las cinco santísimas heridas, en las cuales todas las almas enfermas pueden vivir y descansar seguras.

Todo esto es hermoso. Pero, considerando más profundamente, este estanque representa de manera muy significativa el santísimo corazón de Jesús. El estanque estaba en medio de la ciudad; el corazón de Jesús está no solo en medio de su cuerpo real, sino también en medio de su cuerpo místico, la Iglesia, de la cual todos los miembros reciben vida, gracia y fortaleza.

El estanque de Betesda, dicen los intérpretes, fue construido por el sabio Salomón; el corazón de Jesús fue formado por el más sabio de los artífices, el Espíritu Santo. En aquel estanque corrían sangre y agua; ¿no brotaron también sangre y agua del corazón de Jesús? En ese estanque se lavaban los sacerdotes que ofrecían sacrificios, y también los corderos destinados a la ofrenda; por este estanque místico del corazón de Jesús todos hemos sido limpiados de la mancha del pecado en el bautismo y en la penitencia. “Él nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”, dice el Apóstol.

En el estanque antiguo solo uno era sanado cuando se agitaba el agua; en el estanque místico del corazón de Jesús pueden ser sanados todos los que lo desean. Se decía que el madero de la cruz estaba oculto allí; y si contemplamos la imagen del santísimo corazón mostrada a santa Margarita María de Alacoque, vemos el signo de la cruz en su centro.

No es de extrañar que aquel estanque fuera tan sanador y que tantos enfermos esperaran allí la agitación del agua, pues, como explica el piadoso Quaresmio, esos desdichados representan a las almas que sufren en purificación, que esperan al gran Ángel del Consejo, Cristo Jesús crucificado, para que vuelva a poner en movimiento la corriente salvadora de sangre y agua de su santísimo corazón.

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