Primero consideraré la gran pena y aflicción que causará la memoria de las cosas pasadas, recorriendo las principales. Me afligirá profundamente recordar los pecados cometidos, las libertades desordenadas, los deseos carnales, las venganzas, ambiciones y codicias que tuve en el curso de mi vida. También las tibiezas en el servicio de Dios, las negligencias, las omisiones y todas las demás faltas que no fueron lloradas ni corregidas a tiempo.
Imagen del remordimiento
Debo imaginar que entonces todos mis pecados forman un ejército de toros, leones, tigres y otras fieras que despedazan el corazón. O como un ejército de gusanos terribles que roen la conciencia. Ninguna riqueza ni placer disfrutado será capaz de cerrar sus bocas. Porque pasado el deleite de la culpa, queda el pesar del castigo; y después de haber bebido el vino dulce del gusto desordenado, llega la amargura de sus restos.
Entonces se cumple lo que dijo David:
“Me rodearon dolores de muerte, y los ríos de maldad me causaron angustia. Dolores profundos me cercaron por todas partes, y los lazos de la muerte me apretaron sin aviso.”
¡Qué dolores tan amargos! ¡Qué ríos tan furiosos! ¡Qué lazos tan estrechos! De ellos no podré librarme por mis solas fuerzas, y apenas sabré aprovechar la prueba. La amargura de esos dolores me inclinará a la desesperanza; la fuerza de esos ríos turbará mi juicio; y la estrechez de esos lazos oprimirá mi alma.
…oprimirán mi garganta para no pedir perdón de mis pecados, aprovechándose de todo esto el enemigo, para impedir que me libre de ellos.
¡Alma mía, llora y confiesa bien tus pecados en vida, para que no te inquieten ni te atormenten en la hora de la muerte! Dice la Escritura:
“No digas: he pecado y nada triste me ha sucedido; porque pronto pasará la alegría y llegará de golpe la tristeza.”
No pierdas totalmente el temor del pecado que crees perdonado, para que no vuelva a brotar en la muerte aquel que lloraste mal en vida. Estos y otros avisos que enseña el Eclesiástico en su capítulo quinto debo sacar de esta reflexión, con ánimo de comenzar desde ahora a ponerlos en práctica.
Segundo punto: La pérdida del tiempo
Consideraré también cómo entonces no solo me afligirá la memoria de los pecados, sino además la pérdida del tiempo que tuve para ocuparme del negocio más importante: mi salvación. Me dolerá haber dejado pasar tantas ocasiones que Dios me ofreció.
Entonces desearé un solo día de los muchos que ahora desperdicio durmiendo sin necesidad, entreteniéndome sin provecho o hablando sin medida, y ese día no me será concedido.
Me afligirá no haber frecuentado los santos sacramentos, ni los ejercicios de oración; no haber respondido a las inspiraciones divinas; no haber escuchado con fruto las enseñanzas; no haber practicado penitencia ni dado limosna a los pobres para ganar intercesores ante Dios; ni haber tenido devoción a los santos, que en ese trance podrían ser mis valedores.
Propósitos tardíos
Entonces haré grandes propósitos de realizar lo que no hice cuando pude. Desearé vivir para cumplirlos, pero quizá todos serán inútiles, como los del miserable rey Antíoco, perseguidor cruel del pueblo de Dios.
Cuenta la Escritura que, estando a la muerte, hacía grandes promesas y súplicas, pero no alcanzó misericordia, no porque faltara compasión en Dios, sino porque le faltaba a él la verdadera disposición para recibirla. Sus propósitos nacían solo del temor servil, como si quisiera engañar a Dios igual que engañaba a los hombres.
Hora de verdad
De esta consideración debo sacar que la hora de la muerte es hora de desengaños. En ella juzgaré todas las cosas de modo distinto a como las juzgo ahora, teniendo por vanidad lo que antes consideraba prudente, y por verdadera prudencia lo que antes despreciaba.

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