Se cuenta también que hubo un noble que tenía un perro excelente y muy fiel, que guardaba diligentemente sus bienes. Un día, cuando el perro salió a pasear, encontró a un lobo flaco y debilitado. El perro le dijo: «Hermano, ¿por qué estás tan flaco?». El lobo respondió: «Recorro bosques y montes, busco engañar a las ovejas y como con ansia, pero siempre vivo fatigado».
Luego el lobo preguntó al perro: «¿Por qué tú estás tan bien alimentado?». El perro respondió: «Yo guardo fielmente la casa de mi señor, y por mi fidelidad él me da pan, huesos y carne, de los que vivo fortalecido».
Entonces el lobo dijo: «¿Podría yo ser tu compañero?». El perro respondió: «Sí, si haces fielmente lo que yo hago». Caminando juntos, el lobo advirtió una cadena llena de clavos en el cuello del perro y preguntó: «¿Qué es esa cadena?». El perro respondió: «Es mi protección contra mis enemigos».
Entonces el lobo dijo: «Prefiero estar flaco y libre que llevar esa cadena y vivir bien alimentado». Y dejando al perro, volvió a sus trampas y fue finalmente muerto.
Hablando espiritualmente, el señor es Dios; el perro es el justo, que se robustece con virtudes y gracias del Espíritu Santo.
El lobo es el pecador, que pasa su tiempo en corrupciones, placeres y vanidades del mundo, en las cuales hay mayor trabajo y aflicción que en el servicio de Dios.
El pecador emplea su ingenio y astucia para engañar al prójimo. Cuando se ve privado de los bienes del alma, quiere seguir el camino de los justos; pero cuando percibe la cadena de la obediencia perfecta y la templanza puesta sobre el cuello del justo, no puede soportarla y vuelve a los placeres, en los que se engaña y es conducido a la condenación sin fin.

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