Cuando unos valientes misioneros llegaron a Japón, lo hicieron con el deseo de llevar la fe y la palabra de Dios a aquellos que aún no la conocían. Pero lo que les aguardaba fue un sufrimiento extremo, inimaginable para quienes no conocían la crueldad de la persecución.
Al llegar, fueron encerrados en la prisión de Suzuta, que rápidamente se volvió demasiado pequeña para el creciente número de prisioneros. Ante esta situación, el gobernador de Nagasaki mandó construir otra prisión cercana. El Padre Cárlos Spínola nos dejó un testimonio directo de estas condiciones:
"Nuestra prisión tiene veinticuatro palmos de largo y dieciséis de ancho; parece absolutamente una jaula de pájaros. Está formada por vigas cuadradas separadas apenas por dos dedos; el techo, además del enrejado, tiene tejas, y el suelo está atravesado por muchas vigas con grandes tablas clavadas encima.
Hay una pequeña puerta, apenas suficiente para que pase una persona, siempre cerrada con llave. Cerca de ella hay un agujero del tamaño y forma de la escudilla japonesa, en la que nos daban de comer. Alrededor hay un camino de ocho palmos de ancho, cercado por una doble línea de estacas altas, terminadas en punta, y cuyo intervalo estaba lleno de espinos. Esta palizada tiene otra pequeña puerta frente a la de la jaula, que solo se abre a la hora de almorzar y de cenar.
Dentro hay dos divisiones: una para los soldados de la guardia, con un sargento que obliga a rondar y evita negligencias, y otra para la cocina. Todo lo demás está rodeado de otra palizada fuerte, donde se encuentra la fuerza principal, de manera que los prisioneros no podían comunicarse con Nagasaki ni recibir provisiones de ningún tipo."
Su alimentación era mínima y precaria: dos escudillas al día, una de arroz cocido en agua y otra de yerbas mal sazonadas, algunos nabos crudos o salados, o dos pequeñas sardinas. Bebían agua caliente o fría para calmar la sed. No se les permitía cuchillos ni tijeras; mantenían la barba y el cabello largos, como ermitaños, y tampoco podían lavar ni secar su ropa al sol.
La incomodidad era extrema. Todas las necesidades debían satisfacerse dentro de la prisión, y el hedor era intenso. Por la noche no se les permitía luz, y cada sentido estaba sometido a sufrimiento. Durante el verano soportaban el frío de las noches, pero cuando llegaron lluvias, tormentas, fríos y nieves, sin ninguna protección, ofrecieron su sufrimiento al Señor.
Treinta y dos confesores de la fe permanecieron cerca de cuatro años en estas condiciones. La mayoría sufrió graves enfermedades, y dos murieron: el Padre Juan de Santo Domingo y el hermano Ambrosio Fernández.
El Padre Spínola relata la muerte de Ambrosio Fernández:
"Todos se asombraron al ver cuán pronto se liberó de los lazos de esta vida. Comía con mucha dificultad y muy poco, pues apenas se le daba algo comible. Sobrevino un frío glacial que le hizo perder la voz y el movimiento, y fue además atacado de apoplejía. Algunos creen que fue envenenado, por la gran cantidad de sangre que vomitó. Espiró hacia la medianoche, conservando el calor natural, de manera que parecía más vivo que cualquiera otro."

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