Cerca de Gabios, un joven de condición pobre y de carácter violento y vida corrompida, insultó gravemente a su padre y lo colmó de ofensas. En su soberbia lo despreció públicamente y se marchó lleno de ira, sin freno alguno en sus palabras ni en sus actos.
Dominado por una furia desordenada, comenzó a levantar la voz hacia las estrellas y a pronunciar invocaciones dirigidas al universo, tal como había aprendido en su extravío.
Creía que esas fuerzas le darían auxilio y poder. Al no recibir respuesta alguna, su enojo aumentó todavía más y decidió dirigirse a Roma con la intención de cometer un crimen aún mayor contra su propio padre.
Durante el camino se le apareció una figura con apariencia humana, de rostro cruel, barba y cabellos sucios, y vestimenta vieja y miserable. Se acercó a él como un viajero más y le preguntó la causa de su agitación. El joven le relató la disputa con su padre y el mal que ya había decidido llevar a cabo.
Aquel ser le respondió que había escuchado sus invocaciones dirigidas a las estrellas y al universo, y que deseaba acompañarlo. Fingiendo comprensión, lo animó a seguir adelante y a no abandonar su propósito. El joven, engañado, aceptó su compañía.
Al caer la noche llegaron a la ciudad y se alojaron en una posada cercana, donde descansaron juntos. Mientras el joven dormía profundamente, el acompañante se lanzó sobre él y le apretó el cuello con intención de darle muerte. Despertando en medio del ahogo, el joven intentó repetir las invocaciones que antes había pronunciado hacia el universo, pero no obtuvo auxilio alguno.
Cuando ya le faltaban las fuerzas y se vio al borde de la muerte, comprendió de pronto la inutilidad de todo aquello que había practicado. Entonces, en su desesperación extrema, invocó con voz quebrada el nombre de Jesús.
En ese mismo instante, el demonio lanzó un alarido espantoso y fue quemado por la fuerza de ese nombre. Huyó con violencia desatada, y al salir derribó vigas y parte del techo de la posada, dejando señales evidentes de su huida.
El joven quedó tendido, tembloroso y profundamente sacudido por lo ocurrido. Al recobrar el aliento, reconoció el engaño en el que había vivido y la vanidad de las invocaciones que antes había practicado. Arrepentido de su vida pasada, resolvió cambiar de conducta.
Desde aquel día abandonó sus antiguos caminos y llevó una vida recta y ordenada, apartado del desorden y de las malas compañías. Conservó siempre la memoria de aquel suceso como advertencia, dando testimonio con sus obras del cambio que se había obrado en él.
Si deseas, puedo acentuar todavía más el contraste entre las invocaciones iniciales y el desenlace, o darle un cierre moral más explícito, al estilo de las crónicas antiguas.

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