La sombra que susurraba pecado

Caminaba el joven, entregado a costumbres desordenadas, cuando de pronto se le presentó una figura inquietante que le dijo:

—Hermano mío.

El joven se detuvo, sorprendido.

—No te conozco. ¿Por qué me llamas hermano?

La figura respondió con voz grave:

—Yo soy un espíritu que descansa como cerdo en el fango del pecado y mantengo mis oídos abiertos para que las moscas entren hasta el cerebro. Así fui capturado. Del mismo modo tu corazón está lleno de moscas de vicios que entran por tus oídos.

El joven sintió temor y confusión. En ese instante, a su lado apareció un mensajero de Dios, de semblante sereno y firme. Puso su mano sobre el hombro del muchacho y dijo:

—Has escuchado palabras verdaderas, aunque provengan de quien ya está perdido. Él te ha mostrado su desgracia como espejo. Tú aún puedes evitar ese destino. Guarda tus oídos, porque por ellos entran palabras que siembran costumbres dañinas, y de ellas nacen actos que encadenan el alma.

El joven bajó la cabeza.

—¿Qué debo hacer?

Respondió el ángel:

—Aparta tu oído de conversaciones vacías, de burlas, de provocaciones y de palabras sin pudor. Escucha aquello que edifica, busca consejo recto y conserva silencio cuando no conviene hablar. Así cerrarás la puerta por donde entran esas moscas invisibles.

El joven prometió atender la advertencia. Desde aquel día comenzó a vigilar lo que escuchaba y con quién trataba. Y muchos después dijeron que se había librado de un gran peligro porque atendió la voz que lo guio a tiempo.

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