Así como los ojos del puerco, por su propia condición, permanecen inclinados hacia la tierra y casi nunca se elevan hacia lo alto, de igual manera el alma que se deja seducir por la dulzura de los placeres y cae en el fango de la lujuria queda pegada a lo bajo. Sus pensamientos se arrastran entre deseos groseros, su atención se dispersa en lo pasajero y le resulta arduo levantar la mirada interior hacia Dios. Cuanto más se acostumbra a ese estado, más pesada se vuelve para las cosas santas, y apenas halla gusto en lo divino, como si sus ojos espirituales hubieran perdido la costumbre de mirar hacia el cielo.

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