Al abad Besarion llevaron una mujer atormentada por un espíritu impuro. Los monjes, respetando su costumbre de no exhibir los dones recibidos, no se atrevían a pedirle abiertamente que la sanara. Tras deliberarlo, decidieron colocar a la mujer en el camino por donde el abad pasaba cada día rumbo a la iglesia, de manera que el encuentro pareciera casual.
Cuando llegó la hora, pusieron a la mujer tendida a un lado del sendero. Al acercarse Besarion, los monjes dijeron:
«Padre, despierta a esta mujer, pues parece dormida».
El abad se detuvo, extendió la mano y la tocó ligeramente, sin pronunciar palabra. En ese mismo instante, el espíritu impuro se apartó de ella y la mujer se incorporó libre del mal que la dominaba.
Los monjes la condujeron después a la iglesia para dar gracias, y desde aquel día se supo entre ellos que, aun sin pedir nada, el Señor obraba por medio de sus siervos fieles.

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