La Ira del Enemigo Abatido

 

Italia, 1700, en una aldea cercana a Perugia.

El muchacho salió de la iglesia con el alma limpia tras confesarse. Caminaba por el sendero entre huertos silenciosos, con la paz recién recuperada respirándole en el pecho. Entonces el aire se volvió denso, como si algo cargado de rencor hubiese descendido sobre el camino.

Entre los cipreses apareció una figura crispada. Era un demonio, tenso de ira, frustrado por la confesión del joven. Avanzó arrastrando su presencia, y su voz, áspera, parecía brotar de un resentimiento antiguo.

—Malditos sean los bienes que tomaste para agradarte a ti mismo —escupió—, porque yo contaba con ellos para retenerte. Maldito el alimento que sostuvo tu cuerpo y que yo esperaba ver reducido a podredumbre. Malditos tus años pasados, desperdiciados para mi causa. Maldita la primera hora que te esperaba abajo, la que jamás habría tenido término. Y malditos tus ojos, que alcanzaron a contemplar lo alto.

El joven retrocedió un paso, pero no cedió. Recordó lo que el sacerdote le había dicho: que cuando el mal se enfurece es porque ha perdido dominio. Llevó una mano al pequeño crucifijo que colgaba de su cuello y murmuró una oración breve, enseñada por su madre.

El demonio se estremeció, irritado por la fuerza recién adquirida del muchacho, y lo señaló con una garra temblorosa.

—Te seguía, creía tenerte, y ahora me eres arrebatado. Pero no dejaré de rondarte —gruñó—. Detesto ver cómo escapaste a mi alcance.

El muchacho apretó el crucifijo y continuó su oración, firme aunque pálido. La figura resentida se fue disipando entre los cipreses, rechinando de furia, mientras el joven retomaba el camino con paso lento, sabiendo que su confesión había despertado un odio que ya no podría alcanzarlo con la misma fuerza.

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