Confieso, Señor, que soy indigno de vuestro reino

 

Confieso, Señor, que soy indigno de vuestro reino

San Bernardo, abad, fue puesto una vez en una visión ante el juicio de Dios. De rodillas, con la modestia que le era habitual, escuchaba cómo el enemigo lo acusaba de muchos pecados. Entonces el Juez le ordenó: “Responde por ti”.

Bernardo dijo: “Confieso, Señor, que soy indigno de vuestro reino. Pero Vos tenéis dos títulos para poseerlo. El primero, por ser Hijo legítimo de vuestro bendito Padre, y así heredero de todos Sus bienes; y con esto os contentáis Vos. El segundo, porque por los méritos de vuestra pasión lo habéis ganado, y por este derecho me concedéis parte en ese Reino. Por este título pretendo alcanzarlo, y en él está toda mi confianza”.

Al decir esto, el Rey se alegró, se levantó, y el enemigo huyó. San Bernardo volvió de la visión llorando, porque hubiera deseado quedarse allí para siempre.


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