El fuego que convirtió en ceniza al rey impío

En los días antiguos de Roma, cuando el orgullo de los hombres aún competía con el cielo, reinaba Tulio Hostilio. Era un rey poderoso, per loo soberbio, que deseaba igualar la fama de Numa Pompilio, su antecesor.

Numa había sido tenido por hombre piadoso, y los antiguos decían que hablaba con los dioses. Tulio, envidioso de aquella reputación, quiso hacer lo mismo: mandó preparar altares, braseros y vasijas de bronce, y reunió a los sacerdotes de los ídolos para intentar invocar a Júpiter Elicio.

En la colina donde se levantaba el palacio real, encendieron el fuego del sacrificio. Tulio, vestido con túnica blanca y diadema de oro, alzó las manos y dijo con voz altiva:

—¡Baja, oh dios del trueno! ¡Mira cómo te convoca el rey de Roma!

Pero entre la multitud estaba también un anciano sacerdote cristiano, cautivo en la corte por causa de su fe. Al ver aquel sacrilegio, cayó de rodillas y exclamó:

—¡Señor de los cielos, no permitas que los hombres te desafíen! Tú solo eres Dios verdadero; los ídolos son mentira y su culto es abominación.

De pronto, el aire se enrojeció y un calor sobrenatural descendió sobre el templo. Sin que cayera rayo alguno, una llama ardiente bajó del cielo, envolviendo al rey y a los que lo asistían. El fuego los consumió en un instante, reduciéndolos a ceniza delante de todos.

El sacerdote, temblando, se cubrió el rostro y dijo a los presentes:

—Aprended, romanos, que no se puede forzar al cielo ni convocar a Dios como si fuera un espíritu de los hombres. Dios se acerca a los humildes, no a los soberbios. Quien pretende mandar sobre lo divino, se convierte en polvo bajo su juicio.

Y diciendo esto, levantó la cruz que llevaba escondida bajo el manto, y bendijo el lugar en nombre de Jesús donde el fuego había caído. Desde aquel día, nadie volvió a invocar los falsos dioses en Roma sin temor.


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