Era el demonio que había entrado al baile para perder a las almas

 

Una joven llegó un día al confesionario del santo Cura de Ars. Se arrodilló con cierta inquietud, porque sentía que su alma llevaba tiempo lejos de Dios. San Juan María Vianney, con esa mirada profunda que parecía leer los corazones, comenzó a hablarle antes de que ella dijera palabra alguna:

—Hija mía, ¿recuerdas haber ido, no hace mucho, a un baile?

La muchacha, sorprendida, bajó la cabeza y respondió tímidamente:

—Sí, padre… lo recuerdo.

El santo prosiguió con calma:

—¿Recuerdas que en aquel salón entró un joven muy apuesto, elegante, y comenzó a bailar con varias señoritas?

Ella levantó los ojos, aún más sorprendida:

—Sí, padre… lo vi.

—¿Recuerdas también —continuó el santo— que tú deseabas que él te invitara a bailar?

Un leve rubor se dibujó en su rostro:

—Sí, padre, lo deseaba.

San Juan María Vianney guardó un momento de silencio y luego preguntó con firmeza:

—¿Recuerdas que nunca se acercó a ti, aunque bailó con muchas otras?

La joven asintió lentamente:

—Sí… y me sentí triste, porque no me eligió.

El Cura de Ars entonces, con voz grave y al mismo tiempo compasiva, le reveló:

—Ese joven no era un hombre cualquiera. Era el demonio que había entrado al baile para perder a las almas, disfrazado con apariencia de belleza y encanto.

La muchacha abrió los ojos con espanto, y él prosiguió:

—No pudo invitarte a bailar porque llevabas puesto tu escapulario. Ese signo de devoción a la Virgen fue tu escudo. El maligno temió acercarse a ti porque estabas bajo la protección de la Madre de Dios.

La joven, temblorosa, llevó las manos a su pecho recordando aquel escapulario sencillo que solía llevar sin darle demasiada importancia.

El santo añadió con ternura:

—Mira, hija mía: el demonio se disfraza de atractivo, de diversión y de falsa alegría, pero siempre deja huellas que lo delatan. Tú no te diste cuenta, pero cuando miraste sus pies viste algo extraño, una luz que no era de este mundo. Era la señal de su presencia maligna. Y si hoy estás aquí, es porque la Virgen te libró de caer en sus redes.

Las lágrimas corrieron por el rostro de la joven. Comprendió que había estado en gran peligro, pero que su sencilla devoción mariana la había salvado.

San Juan María Vianney concluyó:

—Agradece a la Virgen, hija, porque quien lleva su escapulario con fe y amor lleva siempre un signo de protección que los demonios no soportan. No olvides nunca que ella te cubre con su manto, especialmente cuando el mundo quiere arrastrarte con falsas promesas.

La muchacha salió del confesionario distinta: más humilde, más consciente de la lucha espiritual, y con un amor renovado a la Madre de Dios que la había preservado de las garras del enemigo.


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