En el año 1423, en la ciudad de Orléans, Francia, un hermano predicador llamado Fray Raimundo, enfermo desde hacía meses, decidió visitar a un fraile conocido por su devoción y rectitud, Fray León, quien era muy apreciado por el arzobispo local.
Fray Raimundo, apoyándose en su bastón, se acercó a la celda de Fray León y dijo con voz débil:
—Hermano Leónidas, mi tiempo en este mundo se acorta. Te ruego que, cuando llegue mi hora, reces a Dios para que no se me niegue ningún beneficio de la Iglesia. No quiero ser condenado por negligencia.
Fray León, con humildad, respondió:
—Lo haré, hermano Raimundo. Confío en que Dios escuchará tus súplicas y misericordia habrá para tu alma.
—Gracias —susurró Raimundo—. Si Dios me lo permite, enviaré yo mismo a través tuyo esta petición antes de partir de este mundo.
Pasaron los días, y finalmente, Fray Raimundo expiró en su celda. Fray León permaneció a su lado, velando su cuerpo y rezando por su alma. Al tocar la muerte, el predicador, con voz apenas audible, dijo:
—León… escucha bien… Si algún clérigo afectara lo eclesiástico, será atado por cadenas que los demonios han dispuesto para castigar a quienes corrompen la Iglesia.
Fray León inclinó la cabeza y preguntó:
—¿Qué cadenas, hermano Raimundo? ¿Cómo actúan?
Fray Raimundo, con esfuerzo, continuó:
—La primera cadena es la malicia: oprime el cuello y la cabeza, causando sufrimiento a los pobres y destruyendo los alimentos que les son necesarios.
La segunda cadena es la crueldad: roba a los pobres y favorece a los ricos, dañando incluso a los animales y extendiendo el mal entre el pueblo.
La tercera cadena es la ignorancia y la negligencia: impide la restitución de bienes y la atención a los necesitados, dejando que la maldad se propague sin freno.
estas cadenas satánicas permanecen atadas: se convierten en raptores, opresores de los pobres, despojadores de sus súbditos.
Por esta razón, queridísimo hermano, huye de la iglesia de Nicos, porque con estas cadenas el diablo conduce a muchos clérigos al infierno.

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