de la multitud de pecados que la soberbia acarreó en los demonios.

dado que los demonios no tienen afecto a los pecados carnales, por ser ellos puramente espíritus, fue sin embargo el pecado de soberbia en ellos de tanta eficacia, que los inclinó a persuadir todas las vilezas de los pecados, así espirituales como carnales. Y porque veamos a qué los trajo la vana y loca multitud de sus desatinados pensamientos, pondremos aquí algunos ejemplos para verificar lo que el Sabio dijo: que quien tuviere soberbia, será lleno de todos los pecados.

En el santo Evangelio tenemos que el demonio es padre de las mentiras y homicida, y el demonio fue llamado espíritu inmundo y Satanás, que quiere decir contradictor de Dios. De su envidia, soberbia, ira y furor están llenas las Santas Escrituras. Pero después han ellos bien confirmado cuánta sea la malicia de su corazón y la corrupción de sus costumbres, como consta por los ejemplos que se siguen.

Ejemplo:
Teniendo envidia el demonio de la santidad de Silvano, obispo, discípulo de San Jerónimo, para poderle infamar tomó su figura y hábito, y se metió debajo de la cama de una matrona. Y saliendo de noche, la quiso forzar. Ella dio voces, convocó toda su casa, y para más irritarla a ira y furor contra el santo obispo, decía el demonio que ella le había convidado. Ella le maldecía, y le echaron de allí afrentosamente. De lo cual fue luego toda la ciudad sabedora, y el santo obispo infamado.

Llegando la fama a su noticia, entendió las obras del demonio, y se fue a Belén, al sepulcro de San Jerónimo su maestro, y allí estuvo un año orando. Y como un hombre le viese orar, dijo:
—¡Oh mal obispo! ¿Y tú estás aquí?

Sacó su espada para herirle, y se mató a sí mismo. Entró luego otro, y viéndole junto al muerto, quiso matarlo también, y se mató a sí mismo, permitiéndolo Dios así. Entró un tercero, y viendo los muertos, dio voces. Juntándose muchos, sacáronle de la iglesia para matarlo, e iban hiriéndole y afrentándole, y él callando y orando, se ejercitaba en la paciencia.

Entonces apareció San Jerónimo, y los hizo parar. Y a caso traían ciertos hombres una endemoniada, en quien había entrado el demonio autor de esta maldad. Mandóle San Jerónimo saliese de la mujer y se mostrase a todos, y contase lo que había hecho contra Silvano; lo cual hizo.

Y díjole San Jerónimo a Silvano:
—¿Qué quieres ahora que yo haga?

Respondió:
—Señor, quierome morir.

Y dijo:
—Pues vente conmigo.

Y lloraba todo el pueblo las injurias que había hecho al santo obispo, y le enterraron con gran dolor.

Comentarios