Dice la
Eva ya había visto antes el árbol, pero con otros ojos: al principio lo miraba con inocencia. Pero cuando ya sentía deseo de comer de él, el árbol le pareció muy hermoso. Sin embargo, después de comer del fruto y desobedecer el mandato de Dios, cambió su percepción: empezó a aborrecer el árbol, lo rechazó, al darse cuenta de que había perdido los bienes celestiales.
Lo mismo le ocurrió a Amnón, hijo de David, que deseó a su hermana Tamar. Le pareció muy hermosa, pero después de satisfacer torpemente su deseo carnal, sintió más repulsión por ella que el amor que antes decía tenerle.
De aquí podemos sacar una enseñanza muy útil: debemos tener mucho cuidado con lo que miramos. El origen de nuestros sufrimientos comenzó cuando Eva descuidó su mirada y se dejó llevar por la curiosidad. La Escritura dice que vio el árbol, y eso despertó en ella el deseo de su fruto, hasta atreverse a desobedecer a Dios.
Sabemos por experiencia los muchos males que nos traen los ojos cuando los usamos sin prudencia, mirando cosas vanas o peligrosas. Por eso, con razón el rey David le pide a Dios que proteja sus ojos y sentidos, para no ver cosas que despierten deseos impuros y lo alejen de Dios.
Por ser este tema tan importante, y porque San Gregorio escribió palabras muy sabias al respecto, quiero compartirlas aquí para que el lector entienda lo necesario que es cuidar lo que mira.
Dice San Gregorio (en el libro 21, capítulo 2 de los Morales):
"El alma, por ser invisible, no se deleita directamente en las cosas materiales. Pero usa los sentidos como si fueran puertas o ventanas por las que puede salir y participar de los placeres externos. La vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato son caminos que conducen al alma a desear cosas que no le pertenecen por naturaleza."
Por eso dice el profeta Jeremías:
"La muerte entra por nuestras ventanas" —refiriéndose a cómo la concupiscencia entra en el alma a través de los sentidos corporales.
E Isaías dice:
"¿Quiénes son estos que vuelan como nubes y como palomas a sus ventanas?"
Los justos vuelan como nubes porque se elevan sobre las cosas terrenales; acuden como palomas a sus ventanas porque, aunque miran hacia el exterior, no se apegan a lo que ven, y así evitan caer en el deseo carnal.
En cambio, quienes no tienen cuidado con lo que miran, muchas veces quedan atrapados por deseos desordenados. Terminan deseando cosas que no deberían, aunque sepan que les harán daño.
El alma tropieza fácilmente cuando no se protege de mirar lo que puede despertar en ella malos deseos. Y cuando la pasión la ciega, empieza a buscar aquello que, en realidad, no le conviene.
Corregir lo que por su mal ha visto
El rey David, aunque tenía su alma muy ejercitada en la contemplación espiritual de altos misterios, cayó gravemente porque, al no recatarse, miró a una mujer ajena. Esa mirada encendió en él una torpe concupiscencia, y por gran mal, usurpó deshonrosamente a la mujer que no le pertenecía.
El hombre prudente y siervo de Dios tiene sometidos los sentidos del cuerpo, y como un buen señor, los gobierna. Quien vive en libertad espiritual se anticipa al peligro, ve la culpa antes de que llegue, y cierra las ventanas (los sentidos) al deseo que puede causarle la muerte. Así lo expresa el santo Job:
"He hecho un pacto con mis ojos: no miraré a ninguna doncella."
(Job 31,1)
Para librar su corazón de pensamientos impuros, Job se comprometió a no mirar descuidadamente aquello que después pudiera desear contra su voluntad y para su propio daño. La carne tira con fuerza, y cuando ha echado lazos en el corazón con la red de la belleza carnal, es muy difícil soltarse por medio de la resistencia.
Por eso, para no caer en este peligro, debemos evitar mirar lo que no nos conviene, para no desear lo que no es lícito, y para que nuestra alma se enriquezca con pensamientos castos y limpios. Guardemos los ojos de toda mirada lasciva o impura, porque provocan fuertemente la culpa.
Eva no habría tomado el fruto prohibido si no lo hubiera mirado con ligereza. Así lo dice la Sagrada Escritura:
"Vio la mujer el árbol, y le pareció que su fruto era bueno para comer, hermoso y deleitable a la vista; tomó de él y comió."
Debemos reflexionar sobre el cuidado con que debemos guardar nuestros ojos durante nuestra vida, ya que fue por culpa de los ojos que nuestra madre Eva cayó en la muerte.
Así lo dice el profeta Jeremías (Lamentaciones 3), hablando en nombre del pueblo de Israel al lamentar su miseria:
"Mis ojos han robado mi alma."
Porque al desear las cosas visibles, perdió las espirituales e invisibles.
De este modo, si queremos guardar la limpieza del corazón, es necesario moderar la vista corporal. Aunque el alma esté adornada con virtudes y sea disciplinada, los sentidos siempre le presentan mil distracciones. Si no los domina con gravedad interior, y si no los frena como a un caballo ligero, los sentidos arrastrarán al alma hacia torpezas y liviandades.
¿Y por qué permitió Dios que el demonio tentara a Eva, sabiendo que iba a caer?
La respuesta es que Dios sabía que Eva podía resistir la tentación sin dificultad, y aunque conocía que iba a ser vencida, permitió que fuese tentada. Esto porque las tentaciones son necesarias: ejercitan nuestro libre albedrío, prueban la virtud, y ofrecen ocasión para un mayor mérito y premio.
Además, la tentación que Eva tuvo no fue una aflicción interior del alma, sino una tentación exterior, sin causar molestia, que ella podía resistir con gran facilidad. Y Dios Padre permitió incluso que nuestro Señor Jesucristo, su único Hijo, fuese tentado por el demonio con este mismo tipo de tentación (Mateo 4).
De lo dicho se deduce que el pecado de Eva fue muy grave y tuvo muchas circunstancias que aumentaron su malicia. En varias partes de la Sagrada Escritura se indica que la raíz y el principio de su pecado fue la soberbia.
Como se ha mencionado, muchos autores afirman que el demonio dijo más a Eva de lo que Moisés escribe, y que ella también le respondió más. Según el cardenal Cayetano, se cree que el demonio procuró agravar el mandato de Dios y quiso convencer a Eva de que Dios oprimía a los hombres injustamente, privándolos de su libertad y disminuyéndoles sin razón.
Oración a Jesucristo para custodiar los sentidos y el corazón
Señor Jesús,
Tú que venciste al tentador en el desierto
y resististe toda seducción del mundo,
concédenos la gracia de custodiar nuestros sentidos
como puertas sagradas que conducen al alma.
Líbranos, Señor,
de mirar con deseo lo que no nos pertenece,
de caer como Eva, por no guardar la vista,
y de tropezar como David, por una mirada imprudente.
Haz que nuestros ojos se eleven hacia Ti,
fuente de toda pureza y verdad,
y que nuestro corazón no se apegue a la vanidad ni a la carne,
sino que se llene de tu luz y tu sabiduría.
Danos fuerza para resistir la tentación,
disciplina para gobernar el cuerpo,
y humildad para reconocer nuestra fragilidad.
Como Job, hacemos pacto contigo:
no mirar con deseo,
no dejar que la belleza pasajera nos aparte de tu eterno amor.
Señor Jesús,
enciende en nosotros el deseo de las cosas invisibles,
las que no roban el alma sino la elevan.
Y cuando sintamos la batalla interior,
ven Tú mismo a socorrernos,
para que la victoria sea tuya en nosotros.

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