la caridad y la misericordia que debemos a nuestros difuntos. La Sagrada Escritura nos dice que el sepulcro es "tierra del olvido", y, tristemente, esto no solo se cumple en el cuerpo, sino también en el alma. Honramos a los muertos con ceremonias y entierros solemnes, pero ¿cuántos de nosotros los recordamos con oraciones y sufragios cuando han pasado los días del luto?
1. La diferencia entre ceremonia y verdadera misericordia
Cuando el patriarca Jacob llamó a su hijo José para pedirle que lo enterrara con sus padres, no solo le pidió un acto de piedad, sino que le impuso una obligación jurada. "Facies mihi veritatem", le dijo, es decir: "Hazme esta verdad". No bastaba con la ceremonia del entierro; se requería fidelidad, amor y compromiso.
Así también, en el Evangelio, cuando murió el hijo de la viuda de Naím, acudió mucha gente a su entierro. Pero, ¿cuántos de ellos estaban allí por verdadero amor y misericordia, y cuántos solo por costumbre y apariencia? Cristo, que conoce los corazones, mostró cuál es la verdadera obra de misericordia: no solo acompañar el cuerpo, sino devolverle la vida.
Hoy en día, hermanos, ¿no sucede lo mismo? Acompañamos los entierros con pompa y solemnidad, pero ¿qué pasa después? Pasan los días, las lágrimas se secan, y con ellas se apaga la memoria y la caridad hacia nuestros difuntos.
2. La verdadera caridad hacia los difuntos
La Iglesia nos enseña que la misericordia hacia los muertos no termina en el sepulcro. La mayor ayuda que podemos darles es la oración, la limosna ofrecida en su nombre y, sobre todo, el Santo Sacrificio de la Misa. El Señor nos dejó este mandato: "Hoc quotiescumque feceritis, in mei memoriam facietis", es decir, "Cada vez que hagáis esto, hacedlo en memoria mía".
Si Cristo, que es la Vida, quiso que su memoria se perpetuara en la Eucaristía, ¿no debemos nosotros perpetuar la memoria de nuestros seres queridos en la oración y el sacrificio?
3. No olvidemos a nuestros muertos
El mundo olvida con facilidad. Se organizan grandes funerales, pero luego el alma del difunto queda en el olvido. ¿De qué sirve una tumba adornada si su alma clama por ayuda en el Purgatorio? ¿De qué sirve un gran monumento si no le ofrecemos una Misa?
Hermanos, hoy el Señor nos llama a recordar a nuestros difuntos con verdadera caridad. No basta con un luto exterior; es necesario un amor sincero que se traduzca en sufragios, en misas, en oración constante. Así como José cumplió su promesa a Jacob, así también cumplamos nosotros con nuestros seres queridos fallecidos
Pidamos al Señor la gracia de no ser como el mundo, que solo se queda en las apariencias. Que nuestra misericordia no sea de palabras, sino de obras. No permitamos que nuestros difuntos caigan en la "tierra del olvido", sino llevémoslos siempre en nuestras oraciones y ofrezcamos por ellos el sacrificio del altar.
Que la Virgen Santísima, Madre de la Misericordia, interceda por nosotros y nos ayude a ser fielesen esta obra de caridad.
Amén.

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