Esta piedad por las Almas del Purgatorio

 

Esta piedad por las Almas del Purgatorio, vista como una necesidad tan grave, fue tan recomendada y practicada por los santos, que en sus escritos y en las historias de sus vidas abundan los ejemplos y recomendaciones de compasión tan piadosa. 

Tertuliano, en su libro de Monogamia, condenó a la mujer viuda que repudiaba al marido cada vez que dejaba de ofrecer sufragios por su alma. 

San Agustín solicitaba e instaba cuidadosamente a sus amigos que le ayudaran a ofrecer sufragios por su querida madre Mónica.

 San Jerónimo, en la carta que escribió a Pamquio, no podía dejar de alabarlo por frecuentar los sacrificios de los difuntos con muchas oblaciones. 

San Efrén, en su testamento, encargó mucho a los fieles que nunca dejaran de rogar a Dios por la paz de los difuntos. 

En el monasterio de San Pedro Damiano, por cada uno de los que morían, los que sobrevivían se obligaban a hacer  mortificaciones: treinta salterios, siete ayunos, siete disciplinas de mil golpes cada una, y treinta días continuos de Santa Misa. Y era tal la obligación tan estricta e indispensable que, si en el tiempo intermedio moría alguno sin haber cumplido o pagado por el compañero, le repartían lo que faltaba a pagar entre los demás monjes.

Además de esto, ¿qué diré sobre el merecimiento y las buenas cualidades de esas almas benditas? ¿Que sus recuerdos sirven de consuelo? Otro poderoso motivo para rogar. San Paulino, en la carta que escribió, lo hace, ya que su alma merece mucho por su hermano difunto y ruega, entre otras cosas, que su alma se vea digna de santidad y se glorifique en la gracia y amistad de Dios, destinada a gozar eternamente con Él en el Paraíso. 

El gran Constantino lo hizo en una célebre basílica, para no sólo compartir de ella, sino también para rendir homenaje a los frutos de las oraciones, como si los soldados muertos no lo pudieran lograr por sí mismos. 

San Ambrosio, en la oración fúnebre de los emperadores cristianísimos Valentiniano y Graciano, profetizó que no dejaría pasar ninguna noche sin ofrecer algún sufragio por ellos. Ninguna noche pasaba sin la oración por los difuntos. De igual manera, el gran Alejandro fue muy amado por sus soldados debido al cuidado que tenía de los heridos; en cambio, Lucullo fue muy aborrecido por no cuidar de sus tropas.


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