Entrar en la Patria Celestial es un anhelo profundo, pero la comparación entre las penas y dolores de este mundo y las del purgatorio nos muestra que las del más allá son mucho mayores. La privación del bien eterno causa un sufrimiento incomparable, ya que las almas sienten con gran penetración la ausencia de la visión, fruición y amor beatífico de Dios.
Además, sufren la aflicción de haber perdido los grados de gracia y gloria que podrían haber adquirido si hubieran correspondido mejor a las inspiraciones divinas y a los auxilios que Dios les concedía para obrar con mayor perfección. Esta tristeza no se alivia ni siquiera en los últimos momentos de su purificación, pues recuerdan con dolor las culpas cometidas, especialmente los pecados mortales y las omisiones en la práctica de obras penitenciales y satisfactorias.
También lamentan no haber aprovechado plenamente los méritos de Jesucristo, que tan generosamente les fueron ofrecidos a través de los sacramentos, los sacrificios y las indulgencias. Estos recuerdos permanecen en su memoria durante todo el tiempo de su expiación, causando un dolor incomparable, conocido como "pena de daño".
El Padre Francisco Suárez afirma que lo más angustiante para estas almas es la pérdida irremediable de los grados de gracia y gloria que podrían haber alcanzado, además del sufrimiento por haber ofendido a Dios. Sin embargo, este dolor no se puede comparar con el tormento del infierno, como se observa en el pasaje de San Lucas 16, donde Abraham dice al rico avariento, que tras su muerte fue sepultado en el infierno:
"Hijo, recuerda que recibiste bienes en tu vida, y Lázaro, en cambio, males; ahora él es consolado aquí, y tú atormentado allá." (Lc 16, 25)
Existe una diferencia entre la privación de la gloria que tuvieron las almas justas en el Limbo antes de la redención de Cristo y la que sufren las almas en el purgatorio. Aquellas almas, aunque no podían acceder aún a la visión beatífica, no sufrían la pena del daño de manera considerable, pues esperaban la redención con la certeza de que Cristo abriría para ellas las puertas del cielo. Además, es muy probable que Dios las consolara con grandes dulzuras espirituales, incluso superiores a las que concede a los santos en esta vida.
El Padre Suárez destaca que el mayor dolor de las almas del purgatorio proviene de la fealdad de sus pecados y de la insatisfacción por no haber hecho suficiente penitencia en vida. Sin embargo, este sufrimiento es parte de su verdadera penitencia, pues ahora aman a Dios con todo su corazón y lamentan haberlo ofendido. Algunas almas experimentan este dolor de manera más perfecta, por amor a Dios, y otras de manera más imperfecta, por la pena de haber retrasado su entrada en el cielo. Aun así, en ambos casos, su dolor es virtuoso y voluntario, aunque saben que su estado es únicamente el de padecer.
En conclusión, las almas más santas y con menos reato de pena son las que sufren mayor dolor y tristeza por haber ofendido a Dios. Paradójicamente, aquellas que han expiado ya gran parte de su castigo son las que sienten con más intensidad el peso de sus culpas, lo que las purifica aún más antes de entrar en la gloria eterna.

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