San Ludgero, obispo, yendo a predicar a los frisones, estando a la vista de la ciudad, oró al Señor por la conversión de aquella gente y dijo: "Levántese Dios y disipe y destruya a sus enemigos" (Salmo 67). Entonces vio cómo se levantaron los demonios sobre la ciudad en una nube negra, y dijo a sus compañeros: "Ea, hermanos, que el Señor está con nosotros". Luego contó lo que había visto.
San Benito estaba cenando, y un monje tenía la candela. El demonio le puso un pensamiento diciendo: "¿Quién es este a quien alumbro? ¿Y quién soy yo para estar así ministrándole?". San Benito le dijo: "Haz la señal de la cruz sobre ti", y mandó al demonio que se fuera de allí.
Paladio cuenta del Abad Juan que le dijo: "Si sales del monasterio, te harán obispo". Salió y lo hicieron obispo. Cuando Paladio lo visitó por primera vez, vino un tribuno, y el abad dejó a Paladio y fue a hablar con el tribuno, deteniéndose mucho con él. Paladio, en su corazón, murmuraba porque lo había dejado y se quedaba con el otro por mucho tiempo. Por revelación, Juan lo supo y envió a decirle que aguardara, que luego iría. Después de despedir al tribuno, fue a Paladio y le dio con la mano en la cara, diciendo: "¿Por qué murmurabas? ¿No ves que este era lego y si no le dábamos recaudo se enojaría? Tú, como de casa y espiritual, era razonable que aguardaras".

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