"La Protección Divina y el Poder de San Miguel en la Lucha Espiritual"

 

Los Ángeles buenos andan diligentes, formando cercos, parapetos, medias lunas, antemurales, limpiando la imaginación de representaciones de pecados, armándola con meditaciones de la Pasión de Cristo, con representaciones de la muerte, recuerdos de la gloria, y premios celestiales, conmemoraciones de los tormentos del infierno, y ejemplos de los Santos. Así, protegen el alma, con la profesión que Dios más estima. Y cuando con tales toques se acercan a los benditos soldados del Cielo, hacen que el hombre rechace al enemigo, desechando sus invasiones.

"Miguel, como dice en su plegaria, vence al dragón con sus Ángeles; Et draco prosternitur, quia debilitur virtus ejus, y el dragón queda por tierra, porque le falta su poder." Admirable doctrina. En ella se declaran dos cosas a nuestro propósito: una, que San Miguel, quien atropelló al dragón en el Cielo, es quien sigue combatiendo contra él aquí en el mundo; y otra, que él es el General y Príncipe de los Ángeles que nos protegen.

Así, dice Jacobus de Voragine: "Miguel, con otros Ángeles a su lado, expulsa a los malos y protege a los buenos". Esto sería difícil de comprender si no fuera por la extraordinaria luz de su virtud, que excede a su sabiduría, o si el esplendor de esta virtud superara al de la sabiduría. En ese rico Tesoro de sus tratados tocó bien este punto, y refirió sus palabras traducidas.

"El Pueblo de Dios (dice él) estaba cautivo en Babilonia; ya habían pasado setenta años de su cautiverio. Parecía que estaban perdiendo la esperanza en su libertad y paz. Entonces, el profeta Zacarías, en ese mismo tiempo, con sus oraciones, suplicó a Dios por la libertad de ese cautiverio." Oyóle su Majestad, y una noche, cuando su oración fue prodigiosa, vio al Arcángel San Miguel, en la figura de un hermosísimo caballero, sobre un caballo rojo. Los Hebreos, como notó San Jerónimo, dicen que este es San Miguel, el Príncipe de los Ángeles, al cual mencionan en Zacarías. El profeta lo llama Ángel del Señor, Ángel del Valle, para dar rayos claros de luz a esta doctrina, que, como el sol, resplandece hoy en el Cielo de la Iglesia.

Luego, el Reverendísimo Don Jerónimo Bautista de la Nuza, Obispo de Balbastro y Albarracín, quien, como advirtieron Teodoro y Lira, también fue el Ángel Custodio del Pueblo de Dios, vio a San Miguel entre unos mirtos en un lugar ameno. Quiso San Miguel, apareciéndose entre aquellas hermosas plantas (que según San Jerónimo y Lira anuncian felicidades), dar buenas nuevas al profeta de los despachos celestiales, trayendo en su favor. Más tarde, detrás de este noble y hermoso Ángel, llegaron otros caballeros, montados en briosos caballos de diversos colores. Estos, según San Jerónimo, son los Ángeles Custodios de otros Reinos. La compañía de caballos, por su fortaleza, brío e ímpetu, era un buen símbolo de los Reinos. Los caballos de diversos colores representaban las distintas culturas de cada Reino, tal como lo interpretan San Jerónimo y otros intérpretes."


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