cuando el demonio tienta las almas que están en grado de perfección.



Hay dos formas en que el alma puede reaccionar cuando pelea con semejantes tentaciones. Una es el sentir los movimientos de la carne, y la otra es el sentirlos, llevando a cabo la ejecución de esos mismos movimientos. La primera es natural, y la segunda es pecaminosa, como lo nombra el Padre San Bernardo.

Lo que Dios permite al demonio son dos pies: uno es el sentir los movimientos internos y el alboroto de la carne, pero no permite que toque el otro pie, que es el de la ejecución. Es decir, permite que el alma sienta las tentaciones, pero no permite que se dé el consentimiento para ejecutar los pecados. Aunque es verdad que el sentir los deseos lascivos en el cuerpo puede hacer que el alma caiga si lo consiente, Dios no permite que el alma se vea obligada a ejecutar esos deseos.

San Bernardo, refiriéndose a esta distinción, dice que el alma tentada permanece en el grado de perfección cuando es tocada por el tentador, pero no cae si mantiene firmeza en la resistencia. El ejemplo de este comportamiento se encuentra en la historia de Jacob, cuando permitió que un ángel tocara su muslo, pero no le permitió que cayera, dejándole sano el otro pie, para que no cayera en la tentación. Es una analogía para mostrar que en las almas perfectas, cuando son tentadas, los movimientos y deseos del cuerpo pueden tratar de arrastrarlas, pero no las ejecuciones, porque el alma tiene la fuerza de resistir.

Así, en las almas perfectas, aunque puedan sentir las tentaciones y deseos carnales, no ejecutan los pecados. Esto es porque el alma mantiene un pie firme en la gracia y el otro en la lucha, sin caer en la ejecución del pecado.


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