Uno de los más ilustres entre ellos, el celebérrimo Napoleon Rousselle, observó con su mirada de águila las diversas formas con que se presenta la celebración de la Misa católica, y no vaciló ni un instante: había visto y proclamado que entre nosotros la Misa se dice tan pronto en blanco, tan pronto en rojo, tan pronto en negro.
No le cabía la menor duda; lo había visto, lo que se llama visto, con sus propios ojos, con sus ojos de ministro protestante; y había visto otras muchas cosas. Vamos a ver, decía gravemente: <<En el Cenáculo, Jesucristo celebra la Cena y tiene al derredor sus doce Apóstoles; en la Misa el sacerdote católico está solo con su ayudante>> (no invento, es posible que estas no sean sus palabras textuales, porque no tengo a mano el libro del ministro; pero garantizo la exactitud rigurosa del sentido). En el Cenáculo, el Cristo celebra la Cena con su traje ordinario; en la Misa el sacerdote está revestido de ornamentos extraordinarios.
En el Cenáculo, el Cristo usa la lengua vulgar; en la Misa el celebrante se sirve de un idioma desconocido (del sabio pastor).
En el Cenáculo, el Cristo celebra una sola Cena; los sacerdotes católicos tienen una gran diversidad de Misas: la Misa blanca, la Misa encarnada, la Misa negra; la rezada, la cantada. En el Cenáculo, el Cristo tenía sus largos cabellos de nazareno flotando sobre sus espaldas; los sacerdotes católicos tienen los cabellos cortos e incluso rasurados en forma de corona. Y aún podríamos, añadía Napoleon con una seriedad aterradora, podríamos muy bien llevar mucho más allá este paralelo decisivo.
¿Qué dices, caro lector? ¿Es posible arrastrar a mayor extremo la ridiculez del raciocinio? ¿Pueden tomarse por diferencias positivas circunstancias accidentales, tan insignificantes, tan fuera de la cuestión? Según tales argumentos, para ser cristiano sería preciso hablar la lengua siro-caldea que usaba Nuestro Señor; tener los cabellos del mismo corte, del mismo color que los suyos; ser de su misma talla; llevar su propio traje, el que se usaba en aquella época en Jerusalén; no decir Misa, sino en el Cenáculo, sobre el monte Sion, y tener siempre a mano los doce Apóstoles, incluso Judas. He aquí hasta dónde puede llegar la ignorancia, la preocupación de los enemigos de la fe. Engendran monstruos con las cosas más sencillas; atacan nuestros santos misterios con argumentos disparatados. ¡Qué diferencia, gran Dios, entre la sabiduría dulce y razonada de la Iglesia, y las necedades de los que blasfeman de su doctrina!

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