En Villembroc, villa de la diócesis de Lieja, fue asaltada por una mortal enfermedad en el año 1208 una viuda de tan santa vida que era un completo dechado de la perfección cristiana. La venerable María de Oña, su íntima confidente, apenas recibió la noticia, fue a visitarla, y al poner el pie en la habitación de la enferma, vio con gran admiración suya a la Santísima Virgen María, que con suma caridad la asistía, y al príncipe de los Apóstoles, san Pedro, que la defendía de todo asalto del demonio en el último trance de su vida. Vio además, cuando la piadosa mujer exhaló su último aliento, que no solo la gran Madre de Dios, con dos coros de vírgenes, cantaba los acostumbrados salmos de Requiem por el alma de la difunta, sino también su Hijo Jesús ejercía el oficio de sacerdote en aquellas fúnebres oraciones que precedían a las exequias de la Iglesia.
Cualquiera creería que un alma privilegiada con tan singulares favores, apenas abandonase el cuerpo, volaría a gozar en el seno felicísimo de Dios. Sin embargo, la justicia divina, encontrando en ella algunas sombras y reliquias de pecado, no pudo inmediatamente admitirla a la gloria eterna, y la condenó al Purgatorio, donde la misma Oña, con gran sorpresa, la vio padecer los más atroces tormentos. Por lo cual, pasada la noticia a sus devotas hijas, se apresuraron estas con santa emulación a hacerle a cada cual copiosos sufragios, hasta que fueron aseguradas de haber salido ya libre el alma de su madre de aquella prisión de dolores. Gran motivo, concluye el cronista, nos suministra esta historia para adorar y temer los juicios de Dios, el cual, cuanto es más benigno en vida para con las almas, es tanto más inexorable y severo en castigarlas después de la muerte. (Laurent. Surius, 23 junio, in vita B. Mariæ Egnacensis,

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