El padre Combrecio, en su obra Studio Perfectionis (lib. 2, cap. 2), relata la historia de un noble y poderoso caballero en Amberes, quien, habiendo cometido un error grave, se sentía incapaz de enfrentarlo. Este conflicto interno lo consumía. Un día escuchó en un sermón que no era necesario hablar de los errores olvidados, y decidió emplear los medios más ingeniosos para olvidarlo.
Se entregó a toda clase de distracciones: paseos, diversiones, banquetes, reuniones y espectáculos. Sin embargo, en medio de estos placeres, la memoria de aquel error lo seguía atormentando. Intentó también largos estudios de filosofía y matemáticas, pero no lograba tranquilidad. Desesperado, dejó su tierra y recorrió otros lugares, pero no encontraba paz.
En su afán por hallar alivio, leyó que el arrepentimiento sincero podría traer consuelo. Así, recurrió a ayunos, ejercicios rigurosos y penitencias, intentando aliviar su carga interna. Sin embargo, estos esfuerzos parecían intensificar su inquietud. Finalmente, sintiéndose abrumado, pensó en buscar una salida definitiva a su sufrimiento.
Una tarde, salió en su carruaje hacia un lugar apartado. En el camino, se encontró con un religioso a quien conocía desde hacía tiempo, y no pudo evitar invitarlo a subir al carruaje. Mientras conversaban, el religioso mencionó el tema de la confesión. El caballero, visiblemente inquieto, respondió:
—No hablemos de eso, padre. ¿Para qué?
—Señor —replicó el religioso—, es el mejor camino para alcanzar la paz y la tranquilidad del espíritu.
El caballero, suspirando profundamente, exclamó:
—Eso solo es para quienes no tienen tanto que ocultar.
Sospechando que el caballero cargaba con un conflicto importante, el religioso le dijo:
—¡Ánimo, señor! Siempre hay maneras de encontrar soluciones sin sentir vergüenza.
El caballero, sorprendido, contestó:
—Si eso fuera cierto, hoy mismo empezaría una nueva vida.
Entonces, el sabio religioso le dijo:
—Dios es tan bondadoso que siempre ofrece una salida. Lo importante es que reflexione con calma y recuerde todo aquello que lo perturba. Así podrá empezar a encontrar paz.
Llegaron al jardín y continuaron conversando. El religioso sugirió reflexionar sobre los mandamientos, explicando que esto podría ayudarle a recordar lo que lo inquietaba. Al hablar de ciertos temas sensibles, el religioso mencionó, con cuidado, situaciones que parecían resonar con el caballero. Este, emocionado, exclamó con un profundo suspiro:
—¡Ah, padre, esto es lo que me pesa!
—Pues ya ha encontrado la solución —respondió el religioso con alegría—. Yo soy confesor, y ahora solo necesita expresar lo que guarda en su interior.
El caballero, con lágrimas en los ojos, confesó sus errores y mostró un verdadero deseo de cambio. Al hacerlo, experimentó una paz y un alivio indescriptibles. A partir de entonces, decidió empezar una nuev
a vida con propósito y esperanza.

Comentarios
Publicar un comentario