Los ojos, pervirtieron la razón; oyó el oído y envenenó la intención

 

Los ojos, dice San Ambrosio, pervirtieron la razón; oyó el oído y envenenó la intención; sintió la fragancia y se ablandó el valor; gustó.

 Gran remedio pide tan peligroso daño,  Entendamos que no nos dio el Hacedor Supremo los ojos para militar en las torpes aficiones, ni la lengua para injuriar con nuestras palabras, ni las orejas para admitir el veneno de la murmuración o la torpeza, ni el gusto o el estómago para cargar pertrechos contra la modestia y la castidad, ni el tacto para la lascivia y la intemperancia, ni las manos para la violencia, ni las potencias para conjurarse con los sentidos contra el alma. Miraron los ojos, dice San Ambrosio, y pervirtieron la razón; oyó el oído y envenenó la intención; sintióse la fragancia y se ablandó el valor;La boca gustó y tragó el pecado; el tacto se atrevió a lo prohibido, y se idolatró en su afición. Nabuzardán, príncipe de los gustos engañosos, destruyó Jerusalén y cautivó a sus príncipes. Porque, como dice San Gregorio, los príncipes, que son los sentidos, hacen perder la celestial Jerusalén y su corona. Los extraños, lamentaba un profeta, entraron por sus puertas y sometieron a Jerusalén. Esto, según explica Niseno, significa que cuando los enemigos entran por las puertas de los sentidos, nos hacen perder la fortaleza y la esperanza de la corona que aguardamos en la triunfante Jerusalén.


El remedio para tal desgracia está en seguir el ejemplo de aquel padre acaudalado, que solía pagar las grandes sumas que perdía su hijo en el juego. 

Al ver el desperdicio, decidió no dar la cantidad grande que otro día le pidieron, hasta que vio a su propio hijo, que había perdido lo necesario, entregado a tal miseria. Cuando el joven vio tanto oro y plata perdidos en un momento, se abstuvo de seguir jugando. Observen, dice el Cardenal Belarmino, atentamente estos placeres sensibles del cuerpo, que parecen eternos. Quienes aún no conciben los placeres del espíritu, poco a poco llegarán a ellos.

La bienaventuranza y la última felicidad del hombre no consisten en los gustos y placeres, ni en las riquezas, comodidades o honores terrenales, ni en cosa alguna creada, como falsamente enseñó en su Alcorán aquel bárbaro Mahoma, y antes que él, Cerinto, antiguo hereje. La verdadera felicidad consiste solamente en Dios, que es el sumo bien. Así se lo dijo el mismo Señor a Abraham: "Yo soy tu Protector y tu Premio". Y Cristo, nuestro Señor, afirmó: "Esta es la vida y la felicidad eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero", como si dijera: la bienaventuranza está en conocer y poseer a Dios.

Porque si, según Aristóteles, la última felicidad debe ser un bien por sí solo suficiente, y todas las cosas humanas son defectuosas, inconstantes y llenas de miserias, como prosigue el Doctor Angélico, entonces no pueden dar la suficiencia que no poseen. Y como veremos más adelante, sólo Dios puede ofrecer esa suficiencia.

En Dios visto cara a cara, descansa el corazón humano. Pero aunque esta sea la esencial bienaventuranza del alma, comenzamos por la felicidad eterna, que espera también al cuerpo, para que, según el Apóstol, lo visible nos abra la senda a lo invisible. 

Error fue de algunos, según Lef, pensar que en el Cielo habrían de estar los sentidos del cuerpo glorificado ya, como Santo Tomás comenta, arrebatados y suspensos, sin ejercitarse en sus objetos, a la fuerza de la contemplación del alma en el sumo Bien. De modo que, según la opinión de estos, estarían los cuerpos en el Cielo como estatuas o postes, privados del uso de sus sentidos. Eutiquio antes, y otros después, dijeron que los cuerpos no habrían de ser de carne, sino aéreos y espirituales. Pero es artículo de nuestra Santa Fe que los mismos cuerpos, en su misma carne, han de resucitar para que participen del premio o del suplicio del alma, a quien acompañaron en esta vida. Como el mismo Eutiquio, convencido por San Gregorio, confesó a la hora de su muerte, repitiendo, tocándose la piel: “Creo que en esta misma carne he de resucitar sin duda.”





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