venganza del cielo.

 


No es menos horrible el castigo siguiente: Disgustado Lotario, rey de Lorena, de su esposa Thietberga, se enamoró de una joven llamada Waldrada. 

Llevado el asunto al papa Nicolás, Lotario fue excomulgado y condenado a separarse de Waldrada. En el intermedio, murió el Pontífice y fue sucedido por Adriano. 

Pensando el rey obtener mejor resultado con el nuevo Papa, le hizo mil protestas engañosas, pidiéndole permiso para ir a Roma, recibir la absolución de las censuras en las que había incurrido y comulgar de la propia mano del Pontífice. 

El papa Adriano, tomando las precauciones que la prudencia aconsejaba, accedió a todo; pero, llegado el momento de la Comunión, tomó la sagrada Forma y, volviéndose hacia el rey, le dijo en voz alta y terrible:

 "Príncipe, si no eres culpable de adulterio desde que fuiste advertido por el papa Nicolás, y si has resuelto firmemente no tener jamás comercio criminal con Waldrada, acércate con toda confianza y recibe el Sacramento de vida eterna; pero si tu penitencia no es sincera, cuidado tengas de cometer la temeridad de recibir el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, porque profanándolo recibirías tu propia condenación".

Sin duda Lotario temblaría al oír estas palabras, pero el crimen ya estaba decidido. Lo consumó, añadiendo el perjurio al sacrilegio, y antes que retroceder, se precipitó en el abismo que veía abierto a sus pies. 

Dirigiéndose luego el Pontífice a los próceres que comulgaban con el rey, les dijo a cada uno de ellos:

 "Si no has contribuido ni consentido en el adulterio de tu amo con Waldrada, y si no has tenido trato con personas excomulgadas por la Santa Sede, que el Cuerpo del Señor sea para ti una prenda de salvación eterna".

El horror del sacrilegio hizo que algunos se retiraran, pero la mayoría comulgó siguiendo el ejemplo del rey.

El castigo siguió también al crimen. Llegados a Luca, Lotario y los grandes que lo acompañaban fueron atacados por una fiebre maligna que produjo los efectos más extraños y espantosos. 

Externamente, se les caían los cabellos, las uñas y la misma piel, mientras que un fuego interior los devoraba por dentro. Casi todos murieron a la vista del rey, pero él no dejó de continuar su camino, ocupado únicamente en el objeto de su ciega pasión, con quien deseaba reunirse cuanto antes.

 Fue llevado a Plasencia, donde, perdido el conocimiento y el uso de la palabra, murió sin dar ninguna señal de arrepentimiento. Se observó que todos los de su séquito que habían profanado el Cuerpo del Señor perecieron del mismo modo, escapando únicamente de la muerte aquellos que se habían retirado de la santa Mesa. Así, no pudieron menos que reconocer la venganza del cielo. Esto sucedió en el año 866. (Hist. de la Iglesia por B. Bercastel)


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