Cuenta Niceforo un caso, lucha asombrosa, que padeció un soldado, de los que ha conocido la castidad más valiosa, digno de que se imprima en la memoria, que hay vencimientos que no debían ser sepultados en el olvido, cuando merecen glorioso recuerdo.
Acierto tuvo el dolor como freno, que reprimiera los movimientos de aquellos lascivos pasos. Cogiendo la lengua entre los dientes, que era la parte que de su amado cuerpo había quedado sin lazo, apretó de manera que, como cuchilla, cortó la lengua; y valeroso, entre sangre y vida, se la escupió en el rostro, quedando avergonzado el rostro teñido. Corrió la lujuria, el tirano amilanado.
Acierto tuvo la tiranía, para que perdiese la castidad, que como tesoro guardaba. Fue del demonio la traza, y aun la fuerza. Instigó a un tirano, para que pusiese al soldado de Cristo, tendido en el suelo y amarrado a cuatro palos, para que, ligado el cuerpo, no pudiesen los cautivos miembros hacer resistencia a los actos y operaciones torpes.
Puesto de esta manera tan lastimado y tan vergonzoso, instó a una mujer deshonesta, para que lo provocase; y ella, como instrumento del demonio, empezó el oficio tan contra toda razón y tan impúdico, que puso al mártir de la castidad en formidable aprieto.
Ya, oh lector mío, tenemos a este paciente, como a otro Sansón, ligado, aunque no dormido. Veamos en lance de tanta fuerza, qué es lo que sucede. Hacia la diabólica mujer, fuerzas, resistencia en el modo que podía el varón casto. Romper los lazos, como Sansón, no podía; dejarse llevar de los movimientos, no le era dado.
Cómo podré yo pregonar y cantar la victoria de aquel que, aunque atado, parecía estar vencido? Pero, ¡oh Señor! ¿Quién podrá vencer al que no quiere ser vencido? ¿Quién al que ama? ¿Quién podrá doblegar la carne de quien sigue al Espíritu? ¿Qué demonio conseguirá hacer que un alma se aparte de la caridad de Cristo? Es cierto: ni el hambre, ni la persecución, ni el cuchillo, ni la suerte, ni el demonio podrán lograrlo, como dice el Apóstol.
Por lo tanto, está mal Molinos al afirmar que, en las almas que sirven a Dios, el demonio puede moverles las manos o el cuerpo hacia actos pecaminosos mientras están despiertas y libres. Esto es evidente en este triunfo, donde el demonio no pudo lograr lo que intentaba con tanta furia infernal, a pesar de tener atado el cuerpo. El Señor os abra los ojos para que podamos reconocer el engaño de esta proposición.

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