Jamás empieces a comer sin rezar una oración. No es de creer que seas del número de aquellos tibios cristianos del día que se sonrojan de orar a Dios antes y después de la comida. El Padre celestial distribuye el pan cotidiano a sus hijos, pero quiere que le den gracias por ello. Si faltas a este deber, no te maravilles de que te escasee o te niegue el pan, igualmente que a tus allegados.Come con templanza y moderación los manjares que te sirvan. El alimento y la bebida deben servir para la conservación de las fuerzas corporales y no para la destrucción de ellas. También debes huir de mostrarte en la mesa delicado en demasía o ansioso; pues de lo contrario, podrá creerse que tu alma tiene asiento en el paladar o el estómago y que eres un hombre enteramente sensual. Sugétate de tiempo en tiempo a algunas privaciones. Renunciar por amor de Dios y del Redentor a un bocado en que se deleita nuestro apetito, a fin de mortificarse y vencerse, es el medio de alcanzar gracias particulares; aunque en la apariencia esto parezca poca cosa.

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