El Purgatorio

 


El purgatorio es el lugar que tiene Dios destinado para purgar las almas; es el fuego y el crisól en donde Dios las purifica y quita toda imperfección, por mínima que sea, para que, así puras y purificadas, las almas sean dignas de entrar y ver aquel Sumo Bien que es Dios. Pero, ¿cuánto tiempo ha de durar este fuego, este crisól y esta purgación del alma? Ni la fe lo expresa, ni la teología lo dice; Cristo en el Evangelio lo menciona, porque las almas pasan de la muerte a la vida. Así lo dice expresamente la Iglesia, rogando a Dios que las saque del purgatorio: "Haz que pasen de la muerte a la vida".

Si Cristo señala el día en que los cuerpos han de resucitar y salir del sepulcro, ¿por qué no señala también el día en que las almas han de resucitar y salir del purgatorio? Es un sentir común de los expositores sagrados que, en el Evangelio que se acaba de cantar, Cristo explicó la diferencia que hay entre los difuntos: unos son buenos y predestinados, que murieron en gracia de Dios, y otros son malos y condenados, porque murieron en pecado mortal.

Hablando de los predestinados, que son los que le dio y especialmente le encargó su Eterno Padre, dice que todos estos irán a Cristo: "Todo lo que me da el Padre vendrá a mí". Y no solo irán y se unirán a Cristo en esta vida por medio de la virtud y de la gracia, sino que también irán a gozar con Cristo el premio eterno de la gloria, según lo expone San Agustín: "Vendrán a mí, y yo los llevaré a la Iglesia triunfante en el cielo". Pero reparen que no dice cuándo. Que el alma que muere en gracia de Dios irá al cielo, eso ya lo asegura Cristo: "Vendrá a mí", pero cuándo será esto, Cristo lo calla y lo deja en misterio.

En el mismo Evangelio, hablando Cristo de la resurrección de los cuerpos en que vivieron estas almas, dice que su resurrección será el último día: "Y yo lo resucitaré en el último día". Si Cristo señala el día en que han de resucitar los cuerpos, ¿por qué no señala también el día en que han de resucitar las almas?

Con la fe, que el purgatorio es un lugar en el centro de la tierra, destinado por Dios para purificar y acrisolar las almas que han de verlo y gozarle eternamente en el cielo; se debe suponer también que de este crisól no salen las almas hasta que estén del todo limpias y purificadas; ya sea de los pecados veniales que aquí no les fueron perdonados, ya sea del reato de la pena que les quedó por los mortales. Porque, no habiendo la alma satisfecho enteramente en esta vida todas estas deudas, es razón y justicia que las pague en la otra, y antes de entrar en aquel dichosísimo estado de la gloria, donde nadie puede entrar si no está limpio, y muy limpio de cualquier mancha, por mínima que sea.

Todo este ollín y manchas de las almas que acaban esta vida en gracia de Dios, lo ha de quitar y acrisolar el fuego del purgatorio. Es verdad que este fuego, aunque atormenta a las almas, no las consume, ni las daña, ni turba sus potencias, ni aparta de Dios sus voluntades. Antes bien, sufren las benditas almas aquellas penas del purgatorio con admirable paciencia y conformidad con la voluntad divina, conociendo y confesando allí con David cuán justo es Dios y con cuánta razón las juzgó dignas de aquellas penas: "Justo eres, Señor, y recto es tu juicio".

Sin embargo, ni esta paciencia y conformidad, ni otros muchos y perfectísimos actos de virtud en que se ejercitan las almas santas del purgatorio, les sirven de alivio a sus penas, porque ninguno de estos actos es allí meritorio, como dijo Salomón: "Los muertos no tienen ya recompensa". Y como ellas acabaron ya esta vida, que es el tiempo de merecer, no pueden por sí mismas salir del purgatorio; sino que es preciso que pasen allí toda la pena que por sus culpas les impuso la divina justicia, o que alguno de los vivos pague y satisfaga por ellas con sus méritos, oraciones y sufragios.

Todo esto ya lo cree vuestra fe, y lo manifiesta también el celo y la piedad con que en este novenario ofrecéis a Dios esos sufragios por las almas de vuestros parroquianos difuntos. Mas, porque esta fe y devoción en muchos es más remisa que fervorosa, y por la regla de Santiago podemos decir que es una fe más muerta que viva ("La fe sin obras está muerta"), procuraré yo avivarla en mi sermón. Ved, pues, de cuánta importancia son vuestros sufragios para las pobres almas del purgatorio, que es el primer punto.



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