También refiere Surio, que los prelados de San Simeón monje lo enviaron a un monasterio desierto, que estaba sobre el monte de Sinaí, para que en él viviese solo, y sin compañía alguna. Este santo era únicamente diácono. Estando, pues, una noche durmiendo, le vino el demonio transfigurado en ángel de luz, y comenzó a persuadirle que se levantase y fuese a decir misa. El santo ni bien dormía, ni bien velaba, y así como estaba, comenzó a contradecir lo que el demonio le aconsejaba, diciendo que no era lícito para uno que no era sacerdote decir misa.
Insistía el demonio, diciendo que era enviado por Cristo, el cual mandaba que la dijese porque aquel santo lugar donde moraba no era justo que estuviese tanto tiempo sin que se celebrase. Contradecía y repugnaba el santo monje, pero no obstante eso, el demonio que lo persuadía llamó en su ayuda a otro, y entre los dos lo sacaron de su pobre cama. Ya que estaba despierto, lo llevaron delante del altar, le vistieron el alba y, al ponerle la estola, anduvieron altercando con el santo sobre cómo se la había de poner, porque él no quería ponérsela sino como diácono, pues lo era, y el demonio insistía en que no, sino como sacerdote.
Cansado el santo de porfías tan pesadas, y vuelto sobre sí, con la virtud de la oración que hizo al Señor y juntamente la señal de la cruz, ahuyentó al enemigo, que se fue dando bramidos, viéndose vencido.
Otros muchos ejemplos pudiera traer acerca de esto, pero mi intención es ser sucinto y breve, y estos son suficientes para el desengaño de los cristianos. Ruego que si en alguna ocasión vieran algunas visiones, se armen luego de la santísima cruz, pues es de tanta eficacia contra los espíritus malignos, como lo probaré en la disputa treinta y seis, a la cual me remito.

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