Solo Vos, oh Dios de los tiempos y de la eternidad, sois grande y excelso en la naturaleza. Vos sois la fuente incorruptible e inagotable de todo cuanto es verdadero, sólido, útil, precioso y apetecible en el cielo y en la tierra. ¡Qué bien se encuentra mi alma cuando reconoce, admira y adora en Vos la única fuerza que sostiene al universo, la única sabiduría que ordena todos sus acontecimientos, y la única luz que me ilumina sobre el destino de mi ser y sobre el uso de los bienes y los males de la vida humana!
¡Dios mío! Eterno y amado principio de todas las inteligencias, mi corazón, recogido ante el trono de vuestra inmensa majestad, se siente en su lugar y reconoce con asombro el seno bienaventurado de donde salió, y adonde debe volver para vivir aun después de la destrucción del universo, y anegarse para siempre en los adorables abismos de vuestra magnificencia y de vuestro esplendor.
Yo, pues, oh Señor, soy eterno, y solo en Vos hallo la medida de mi duración, el precio de mi valor y el modelo de mi excelencia. Así que es una verdad, y no un sueño de mi orgullo, que estoy destinado a no perecer jamás, a sobrevivir, como Vos, a las ruinas de todos los imperios, a la destrucción de todas sus grandezas, al aniquilamiento de todas las pasiones, a la extinción de todos los astros, y al regreso de toda la naturaleza a la noche de la nada. Y que, en medio de todas cuantas vicisitudes experimento en esta vida, siempre que persevere fiel en adoraros y temeros, se verificará indefectiblemente el decreto irrevocable de mi incorporación en la unidad de vuestra bienaventuranza y de vuestra gloria.
¡Qué pensamiento! … ¡Dios poco conocido de los insensatos! Tronad desde la altura de los cielos… ¡Oh hombre miserable! ¿Dónde estás cuando no vives dentro de ti mismo, y buscas los placeres lejos de tu propia grandeza? ¿Qué pretendes hallar en todo cuanto te rodea? ¿Qué inquietud es la de tu imaginación? ¿Qué desorden el de tus pensamientos, y qué ambición la de tus deseos? ¿Qué le resulta a tu corazón de todo ese estrépito que haces, y de todos los espacios que recorres?
Vos me habéis inspirado, oh Dios mío, a hablar de las riquezas de vuestra bondad: penetradme con vuestra luz y vuestra verdad; y como testigo que sois del tierno y ardiente celo que me anima por la verdadera felicidad de mis hermanos, concededme vuestra sabiduría para abrir los ojos de los que, a tanta costa, buscan lejos de Vos una fantasía de felicidad, y hacerles conocer la solidez, la abundancia y la dulzura de los manantiales que vuestra infinita misericordia ha depositado en los tesoros de la religión.

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