Si queremos agradar a Cristo, tomemos a cuestas los unos las cargas de los otros .
Encomendémonos a Dios, y así estaremos en Él, y Él en nosotros. Todas las imperfecciones y defectos que vemos en nuestros prójimos debemos considerarlos de la mejor manera y actuar con ellos como quisiéramos que se hiciera con nosotros. Sufre con tu hermano, y te sufrirán; excúsale, y serás excusado. Compadécete del que peca, y se compadecerán de ti. Consuela al triste, y serás consolado del alegre. Levanta al caído, y Dios te levantará cuando caigas.
Lo que hicieres con otro, se hará contigo, juzgando Dios las cosas justamente. No te maravilles ni te indignes cuando veas caer al hombre flaco y de carne, pues cayó el ángel desde el cielo; y el hombre, estando en el paraíso terrenal, armado de gracia y justicia original, cayó y fue vencido por una fruta. Muchas veces es algo muy pequeño lo que tiene al hombre y le vence. Esto permite Dios para que conozca que si no puede vencer las cosas pequeñas, mucho menos podrá vencer las grandes. Sé benigno con el tentado y ruega por el atribulado, como por ti mismo. El bien ajeno es bien tuyo por congratulación; y su mal es mal tuyo por compasión. Todos somos flacos, y así debemos orar con caridad los unos por los otros.
Nadie debe reprochar a otro su defecto, olvidándose de sí mismo; porque el negligente que desprecia al defectuoso es como el ciego que se burla del ciego, como el sordo que maldice al sordo y el loco que se ríe del loco. Mírate a ti mismo y enmienda lo que mal hiciste. Si juzgas bien y quieres enmendar a tu prójimo, comienza por ti mismo, y después amonesta con benignidad y dulzura al que cayó. Si le amas sinceramente, compadécete de él y encomiéndale a Dios. El que corrige a otro y no ora por él ni se compadece, no es médico piadoso, sino cruel enemigo y penoso adversario. Nadie debe burlarse de otro, ni despreciarle, ni darle pena; más bien, por amor de Dios, ayúdale y amonéstale, como quería (Mat. 25) que se hiciera.
El que esfuerza al flaco con palabras santas da pan del cielo al enfermo. El que consuela al triste da de beber al sediento. El que mitiga al airado con blandas palabras viste al desnudo con paciencia. El que a los otros se prefiere se muestra loco y digno de confusión. El que se humilla en todas las cosas merece mayor gracia y gloria. Si quieres enmendar a tu prójimo, humíllate y enmiéndate primero. El Señor dice: “Médico, cúrate a ti mismo.” Esto ten en tu memoria antes de corregir a otro, porque tal vez no peques al reprender a tu prójimo indiscretamente. El sabio aguarda el tiempo y modo para hablar, y considera primero la persona y naturaleza del hombre, porque tal vez no pierda o dañe al que debiera sanar. La boca del hombre discreto es como vaso de oro lleno de ungüento oloroso, como bálsamo, y lleno de toda honra. Aprende a interpretar las cosas dudosas de la mejor manera, a no juzgar lo que no sabes, a guardarte de los males descubiertos, a sufrir los defectos de los flacos y enfermos, y lo que no puedes enmendar, encomiéndalo a Dios. Considera que te sufre Dios cada día en muchas cosas, y que no te enmiendas, como cada día lo dices y propones; antes piadosamente te espera para que hagas penitencia, y conozcas tu enfermedad, y le pidas perdón; por lo cual no desprecies a nadie, ni juzgues a tu prójimo temerariamente. El varón justo sufre con paciencia las faltas de sus próximos; más quiere rogar y compadecerse del que peca que reprenderle, y prueba ser amigo en las obras.
Nadie confíe en sí mismo, ni desprecie a los flacos y enfermos, pues ninguno sabe lo que será de él. Todos somos flacos y tenemos necesidad de ayudarnos. No quieras ser muy justo, ni te escandalices del pecado ajeno, porque no destruyas al que debieras sanar. Sobrepasa la misericordia al juicio, según la sentencia del Apóstol Santiago: “Más ganarás con piedad que con temor ni rigor.” Toda la compasión que tienes por tu hermano que ha caído y la piedad que haces al triste y enfermo, las haces a tu hermano, como el mismo Señor lo dice en el Santo Evangelio. El que es verdaderamente humilde y vil a sí mismo es benigno con todos; con el pobre es misericordioso, compasivo con el miserable, enseñador del que yerra, levanta al que cae, sirve al enfermo, ayuda al que poco puede y favorece al flaco.
Serías prudente si volvieras tu celo contra tu alteración y movimiento temerario, enmendando en ti mismo lo que reprochas en los otros. ¿Qué aprovecha enojarte contra las culpas ajenas si no reprendes el movimiento de tu impaciencia? En lo que a otro juzgas, condenas a ti mismo, haciendo lo mismo (Rom. 2). ¿Qué aprovecha que sanes a otro con tus palabras si te quedas en tus propias pasiones? No es señal de mansedumbre de corazón corregir a otro inconsideradamente, o exceder en el modo de corrección, y no poder soportar el castigo, hasta que la ira se convierta en mansedumbre, y el celo amargo en dulzura. Dilatando la corrección y enfriándose la ira, conocerás muchas veces que no es tan grande la culpa como pensabas, y tal vez excusarás a aquel contra quien te indignabas primero.
Ten vergüenza de no haber aprendido a sufrir los pequeños defectos de tu hermano, deseando que todos sufran tus enfermedades y faltas. Vuelve sobre ti mismo y mira, que tal vez ofendes a Dios más al indignarte que lo que él ofendió a tu prójimo pecando. Tal vez aquel lloró su pecado y propuso la enmienda; y tú, siendo impaciente y sin misericordia, no conoces ni lloras tu culpa. El que pecó está bien contigo y no piensa mal de ti, antes te tiene por mejor que a él; y tú le desprecias, y así es en el juicio de Dios preferido a ti, como el publicano al fariseo (Luc. 18). Convierte ese celo contra tus propios vicios y usa de piedad y benignidad con tus prójimos.
Es fundamental tener cuidado al examinar nuestros pensamientos, aprobando o reprobando en el primer momento. Así, admitimos los buenos pensamientos y desechamos los malos. El pensamiento es la fuente del bien y el origen del pecado. Debemos prestar atención al pecado donde nace, para resistir al mal antes de que crezca. Por ello, al mal pensamiento debemos resistir desde el principio.
El oso tiene una pequeña cabeza, y es en ella donde debe ser herido. La cabeza del pecado es el mal pensamiento, al cual debemos atacar y vencer en su inicio. De nada sirve secar el arroyo si no se seca la fuente de donde mana. Un pequeño error al principio se convertirá en uno grande al final. Como los nobles, cuando caminan, envían a alguien delante para preparar la posada, así el demonio envía malos pensamientos para asentarse en nuestra alma. Los pequeños ladrones entran en la casa por un pequeño agujero y abren la puerta a los grandes ladrones, para que, entrando, roben y maten. Así, los pensamientos comienzan pequeños y abren la puerta del consentimiento para que la muerte entre en el alma.
Estos son los ladroncillos de Siria que llevaron cautiva a la doncella de Israel, que son el principio y causa de que nuestra alma sea cautiva y presa del demonio, después de haber sido despojada de la gracia y méritos que tenía. El remedio contra estos malos pensamientos es poner en la puerta del corazón el temor de Dios como guardia, para que no deje entrar sino a los buenos y sanos pensamientos.
Es necesario que los rechaces de inmediato, porque quien se detiene en el mal pensamiento se coloca en peligro del consentimiento. El Salmista dice: "Bienaventurado el que ata sus pensamientos a la piedra". Ata tus pensamientos a esa piedra, que es Cristo, antes de que crezcan demasiado. Si son conformes a su ley, déjalos crecer, y si no, mata al enemigo cuando es pequeño, para que, al crecer, no llegues a morir a sus manos. Es sensato temer al enemigo, aunque sea pequeño.
El pensamiento es como la raíz del árbol, que está escondida en la tierra. Si es buena y verde, dará fruto de buenas obras; si está seca, no producirá nada. Si el pensamiento es bueno, la voluntad se alimentará de él; así, el entendimiento concibe buenos deseos y genera obras justas. Por tanto, resiste desde el principio sin detenerte en el mal pensamiento.
Como el pueblo de Israel se detenía en los malos pensamientos, Dios se queja por medio del Profeta Jeremías, diciendo: “¿Hasta cuándo morarán en ti los malos pensamientos?”. No dice que se hospedan, sino que moran, porque no es un problema que pasen los malos pensamientos como huéspedes; el problema es detenerse en ellos y hacerlos residentes. No se queja Dios porque tengamos malos pensamientos, sino porque nos detenemos en ellos.
Cuando los gentiles moraban con el pueblo israelita, Dios se apartaba de su pueblo y no le hablaba. Así será contigo si, al llegar los malos pensamientos, les das posada. Dios está contigo cuando no moran en ti pensamientos ociosos; se aleja de tu alma cuando les abres la puerta del consentimiento. Era lícito a los judíos dejar pasar a los gentiles, porque no es culpa pasar como correos o huéspedes; pero era culpa establecerse con ellos. Déjalos pasar, pero cuida de no darles posada.
No avives el mal pensamiento como una chispa, si no quieres que crezca el fuego y te queme, ardiendo después en el infierno. Los gusanos de seda, al principio, son unos granillos como mostaza. Las mujeres los llevan atados en un paño en el pecho, y con el calor, esos granillos reviven y se convierten en gusanos. Ten cuidado con lo que pones en la imaginación deshonesta; esos granillos de sensualidad, con el calor de tu pecho, se convertirán en el gusano que muerde y roe tu conciencia.

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