"Era Priapo el dios de los deshonestos, a quien celebraban aquellos ciegos con las partes impúdicas descubiertas, haciendo sacrificios agradables a tan sucia abominación; pues juntándose en sucios coros, las mujeres formaban danzas, odorando con sus culos los lugares donde la naturaleza puso todo el rubor. Tanto era así que la que era más ilustre, más se descomponía. Por lo cual quisieron hacer princesa de esta fiesta tan asquerosa a la madre del rey Matua Asa, que se llamaba Maacha.
¿Quién, pues, no ve cuán propio de ser demonio son estas acciones, que los ciegos canonizaban como agradables y queridas de sus dioses, y cuán ajenas de la esmeradísima limpieza de Dios? Tanto, que el rey Asa, conociendo la abominación, hizo pedazos el ídolo de Priapo y lo arrojó en el arroyo Cedrón, como refiere el Padre Maestro Fray Luis de Granada en el "Símbolo de la Fe".
Romanos, viendo que no podían ser estas acciones de la voluntad de sus dioses y que por ellas se abría la puerta para el desvío de la castidad en las doncellas y en los mozos, con detrimento de la República, mandaron que no se celebrasen semejantes fiestas. Si a los romanos les parecía que no podía ser de la voluntad de sus dioses semejante abominación, ¿cómo puede ser que Dios quiera y permita en las almas lo que redimió con su sangre? Si a los gentiles les pareció ajeno de la permisividad de un dios fingido, ¿cómo parecerá a los católicos propio de la de un Dios verdadero? Si conocieron los romanos que con semejantes ejercicios se daba licencia a la lujuria en todo género de personas con título de que lo querían los dioses, ¿cómo no reconoceremos los católicos que con lo que dice Molinos en esta proposición se abre una puerta para que los hombres también cometan tales acciones?"

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