Los que fingen éxtasis espirituales



  en un pueblo cerca de Constanza, vivía una mujer recogida y muy dada a la contemplación, y en opinión del pueblo, de muy grande santidad.

 Esta, como una madre, era visitada por muchos varones. Fingía en público muchas veces estar en éxtasis arrobada, y al volver en sí, decía muchas cosas particulares, secretas y no sabidas, por lo cual muchos sacerdotes, demasiado aficionados a semejantes mujercillas, comenzaron a darle crédito más del necesario a esta recogida.

Estos mismos comenzaron a divulgar por la ciudad de Constanza que tal día se le habrían de imprimir las llagas de Cristo visiblemente en manos, pies y costado. 

Se juntó infinita gente en el lugar donde estaba el día señalado, para ver cosa tan maravillosa. Entre ellos llegaron muchísimos eclesiásticos, pregoneros de las cosas de esta mujer, engrandeciéndola y alabándola. Todos llegaron a la casa donde vivía esta embustera y la hallaron en el suelo derribada, y como arrobada. 

No hallaron en su cuerpo cosa de las que pensaban, aguardando mucho tiempo la fingida lanza, pero jamás volvió en sí.

Cansados de esperar, comenzaron a murmurar. Entonces levantó la voz un eclesiástico y dijo: "Tengan paciencia, que pronto verán las maravillas de Dios". 

Pero nada sucedió. Sacaron traslado de los embustes y de los delirios de esta mujer, y avergonzada quedó tanta gente que 

que había aguardado algunos días, viendo ser todo mentira, les volvieron avergonzados. En esta tan grande ocasión, subió en lo alto un padre de la Orden de Santo Domingo, llamado Fray Enrique Renuelda, Maestro en Teología, y predicó a todo aquel auditorio doctísimamente, desenmascarándoles cómo no se ha de dar crédito a semejantes enredos de mujeres.

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