El maestro Justiniano cuenta que vivía una mujer en el reino de Valencia, quien tenía un hijo pequeño a quien amaba mucho. Un día, se le apareció el demonio en figura de peregrino y, al llegar a su puerta, le pidió una limosna, diciendo que iba en peregrinación a Santiago. Le rogó que le diera a su hijo para llevarlo consigo, prometiéndole que lo haría un gran hombre, poderoso en el mundo. La mujer, angustiada por la idea de dar a su hijo, le respondió que necesitaba pensarlo y que volviera por la respuesta.
La buena mujer fue a consultar con fray Luis Beltrán, quien en ese entonces era prior del convento de Predicadores, y le contó lo sucedido. El santo le respondió: "No creáis lo que ese peregrino os dice, porque lo que pretende es engañaros". Confiando en el consejo del santo, cuando el falso peregrino regresó, la mujer le dijo decididamente que no le entregaría al niño, pues sabía que quería engañarla.
El peregrino respondió que no la estaba engañando, y para demostrarle que decía la verdad, señaló a un hombre que venía a caballo y le dijo: "Mira a ese hombre que viene a caballo; fíjate bien, porque al llegar aquí caerá muerto". Y así sucedió: ante los ojos de la mujer, el hombre cayó muerto de repente. La mujer quedó aterrada, pero comenzó a invocar el nombre de Jesús, y en ese momento desapareció el diabólico peregrino.
El demonio sabía que ese hombre estaba a punto de morir de esa manera porque conoce y penetra todo lo relacionado con la naturaleza corporal, y vio que el hombre ya estaba cerca de su final.

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