Un diácono, le pidió licencia a un sacerdote y con ella se fue a la iglesia, y con la mayor decencia que pudo, llevó el Viático a la pobre viuda. Hallóla en una pobre choza, sin reparo ni abrigo; por cama, un gergoncillo. Pero cuanto más pobre de bienes de la tierra, tanto más rica de los del Cielo. Abrióle Dios los ojos, y vio, admirado, que la Señora del Mundo, acompañada de celestes cortesanos, asistía a la enferma, y con una toalla le limpiaba el sudor del rostro, la consolaba y confortaba en aquella hora.
Entró en la pobre casa, y luego la Santísima Virgen se arrodilló con todos los que la acompañaban, y adoró a su Santísimo Hijo; púsole con decencia en un altar portátil. Levantose la Virgen, y ella misma tomó un asiento que allí estaba, y se lo dio al sacerdote, diciéndole que se sentase y confesase a la enferma. Confesóla, dióle el Viático, díjole la recomendación del alma, y la pobrecita viuda dio su dichosa alma en manos de la Virgen.
Con esto se volvió el devoto sacerdote a su iglesia, y depositado el Divino Sacramento, se fue a la casa del rico y vio que lo tenían cercado unos fierísimos gatos, que por los ojos arrojaban fuego. Veíalos también el desdichado enfermo, y daba voces pidiendo que echasen de allí aquellos gatos y que le favoreciesen. Finalmente, vio que un disforme negro le entró por la boca un garfio de hierro, con el cual le sacó aquella alma miserable, y luego que salió del cuerpo, la acometieron aquellos horribles espíritus, y cebando su crueldad en ella, la llevaron a los tormentos eternos. Con esta espantosa vista, atemorizado el sacerdote, perdió de puro temor los sentidos y quedó arrebatado en espíritu.
Apareciéndosele la gloriosísima Virgen, le dijo: "No temas, porque no te podrá hacer daño la diabólica malicia"; y con palabras muy dulces prosiguió diciendo: "Hijo mío, yo te doy las gracias de haber asistido con tanta puntualidad a la pobrecita. Y siento mucho lo que el cura ha hecho en asistir al rico y dejarla a ella por el interés; ya llevará el pago que se merece". Dicho esto, desapareció todo, y permitió Dios que ni el rico le dejase nada al cura, por la gran confusión en que se vio en aquella hora, ni que tuviese quien en su muerte le asistiera.
Llamado a la Justicia y la Igualdad en el Trato hacia los Moribundos
Si yo tuviese, oh católicos, el espíritu de San Pablo, ¡cómo clamaría y daría voces que llegasen hasta el mismo cielo! ¡Qué gritos no daría si el profeta Isaías me prestase los suyos! ¡Oh, cómo clamaría sin cesar, levantando la voz como trompeta! (1) "Quasi tuba exalla vocem tuam." Cuando veo lo mucho que sucede de esto, no solo en los curas, sino también en las religiones (perdóname, por la Virgen, si te enojo y entristezco, lector carísimo; que, pues no te nombro, ten paciencia y considera que, al hablar de este modo, no tengo otro fin que cumplir con la voz interior que, para obedecer al mismo profeta: "Et annuntia populo meo scelera eorum", me impele a decirlo), es cierto que mi corazón llora lágrimas de sangre: ¡tanta asistencia a un poderoso que se muere! ¡Tan poca a una pobrecita!
Que un párroco, un religioso, un doctor, un prior, un provincial se considere afortunado de ser llamado a la casa de un señor, y que se considere desgraciado por tener la obligación de ir a un miserable y pobre lacayo. Alegrarse tanto de lo primero, y entristecerse tanto de lo segundo, ¿qué puede ser sino la esperanza de obtener algo de aquel, y la certeza de que nada se obtendrá de este? Por eso solo se oyen lisonjas a la cabecera del rico, y palabras impacientes junto a la del pobre. Por eso no hay quien desengañe al rico diciéndole: "Señor, el médico ya habla claro, V. E. se muere". Y por eso, allá todo es apresurar al pobre para que acabe.
Teman, pues, teman esos ministros, y consideren que también permitirá Dios que, en la hora de su muerte, se vean desamparados, como ellos desampararon al desvalido. Y si mi ruego puede tener algún valor para contigo (¡oh piadoso oyente mío!), que es el ruego de la gran Reina, en cuyo nombre te lo pido, valora el juicio que Dios te ha dado, y toma una resolución firme de acudir igualmente al pobre que al rico; al desvalido que al privilegiado; al lacayo que al señor; al clérigo que al canónigo; a la pobrecita viuda que a la más acomodada; y hazlo sin interés.
Mira que es este interés el que no te deja hablar claro, el que te cierra la boca para no decir al enfermo que se muere, que se disponga, y que no malgaste los instantes que le quedan de vida, instantes tan preciosos. Si así lo haces, cuando tú te veas en ese trance, también tendrás quien te consuele; y si no, teme que no te suceda lo que al cura del ejemplo, que, además de no llevarse nada de la casa del rico, pagó en la hora de su muerte por ese pecado.

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