Siendo mancebo el santo Macario, sucedió que la hija del huésped donde le hospedaban cometió una travesura de la cual quedó embarazada. Los padres y parientes, escandalizados por tal afrenta, la amenazaron para que revelara quién había sido el violador de su honra. Apretada por la situación y buscando excusarse, dijo que había sido Macario, levantando este falso testimonio contra el pobre anacoreta.
Los padres y parientes de la joven, enfurecidos, fueron al desierto donde el santo vivía y allí lo maltrataron con palos, golpes y patadas. Le dirigieron muchas afrentas con palabras injuriosas y lo obligaron a que diera alimentos a la joven, así como a su futuro hijo. El santo, sin pronunciar palabra, cumplió lo que le mandaban. Trabajaba y de lo que ganaba enviaba para el sustento de quien no lo merecía, soportando solo afrentas.
Cuando llegó el momento del parto, la joven fue puesta en agonía. Los dolores comenzaron a apretarla, la rodeaban los miedos, los temblores la atormentaban y su corazón se llenaba de remordimientos por el falso testimonio que había levantado. Le sobrevino un paroxismo tras otro, y las que la asistían no sabían qué hacer. Estando cercana a la muerte, sin esperanza de vida y rodeada de tantas angustias, la mayor de todas era el testimonio que había inventado. Por esta causa le sucedían tantos males.
Finalmente, llamó a sus padres y parientes y confesó su liviandad, declarando que estaba embarazada de un joven vecino suyo. Con esto, la fama del santo monje fue restituida y la liviandad de la joven condenada. Este es el estilo de Dios, que no permite que los falsos testimonios queden sin descubrirse, y devuelve la paz a los que han sido sometidos a ellos.

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